La vida espiritual de muchos agnósticos es una constante búsqueda que avanza y retrocede en el camino de la fe. No hay ‘agonía’ en el sentido unamuniano del término, sino un mero afán por saber, descubrir o simplemente buscar incesantemente. Al igual que sucede en las leyendas artúricas la ‘queste’ caballeresca es acaso mejor que el descubrimiento del Grial. Y ahí radica mi interés por ciertos procesos de conversión de personas que durante la mayor parte de su vida vivieron en las (aparentes) antípodas de la fe.
El caso de San Agustín es bien conocido. El del filósofo García-Morente es mucho menos popular, pero acaso más deslumbrante. Hace unos meses leí el diario de su conversión (estando exiliado en Francia, durante la Guerra Civil) y me impresionó vivamente, precisamente por estar escrito por alguien que declaradamente era ateo. Y es que el siglo XIX fue un verdadero torbellino de fe, decadentismo y revoluciones, no solo políticas sino espirituales.
La obra de Thomson ‘El lebrel del cielo’ sirve como símbolo del malestar espiritual que impregnó el siglo XIX:
Hui de Él por las noches y por los días
Hui de Él por los arcos de los años
Hui de Él por los caminos laberínticos de mi mente y en mitad de las lágrimas me escondí de Él
Óscar Wilde, Aubrey Beardsley y Huysmans son tres artistas ‘decadentistas’ que siempre me han fascinado. Las ilustraciones de Bearsdley tienen algún mágico influjo que atrapa el alma y la transporta a un mundo paralelo de líneas sinuosas, limpias y embrujadas.
Los tres autores fueron contemporáneos y en el caso de Wilde y Bearsdley fueron, además, muy buenos amigos y colaboraron juntos. Sin ir mas lejos, Bearsdley ilustró la obra ‘Salomé’, el último gran éxito de Wilde antes de su descenso a los infiernos. Por su parte, Huysmans probablemente inspiró con su novela ‘A contrapelo’ el ‘El retrato de Dorian Gray’ de Wilde.
Los tres fueron los máximos exponentes del paganismo más radical y curiosamente los tres, al final de sus vidas sufrieron un proceso de conversión al cristianismo que realmente llama la atención teniendo en cuenta sus vidas y obras. Dos ejemplos:
– La excelente novela de Huyssmans ‘Mas Lejos’ es un compendio de vicios decadentistas del ‘fin de siglo’, aderezada con los crímenes medievales de Barba Azul y con algo de demonología.
– La representación de la lascivia de Salomé ilustrada por Bearsdley llegó a suscitar los celos profesionales de Wilde que pensó que las ilustraciones eclipsaban su narración.
¿Y que decir de Wilde si casi toda su vida alardeó – como todos los dandy – de ir a contracorriente de los valores de su época y esa fue su perdición?
Y sin embargo, esos tres genios excesivos, hiperbólicos, decadentistas y carnales cambiaron sus vidas radicalmente, convirtiéndose al cristianismo, justo a punto del cambio de siglo: Beardsley fue admitido en el seno de la iglesia católica el 31 de marzo de 1897. Huysmans también se había convertido poco tiempo atrás y se había recluido en un monasterio. Su conversión es narrada en su novela semiautobiográfica ‘En ruta’, en dónde pueden leerse párrafos como este: ‘tras haber arrastrado la enfermedad de mi alma por todas las clínicas del intelecto, terminé, con la gracia de Dios, por ir al único hospital donde te ponen en cama y realmente cuidan de ti: la Iglesia’.
El proceso de conversión de Wilde se inició en la cárcel y queda bellamente diseccionado en ‘De Profundis’ y en ‘La Balada de la prisión de Reading’, pero fue mucho más lento que el de Huysmans, Beardsley o incluso Verlaine, tal y como narra su amigo Robert Ross: ‘cuando Óscar salió de la cárcel pensaba hacerse católico y me pidió consejo, ya que como sabes yo soy católico. No creí en su sinceridad y le dije que si realmente quería hacerlo acudiera a un sacerdote y lo disuadí de tomar una decisión precipitada sobre el tema. De hecho se había olvidado por completo de ello en el plazo de una semana y solo de vez en cuando se burlaba de mí como un obstáculo en el camino de su salvación. Le habría ayudado deseoso si lo hubiera creído sincero pero no tenía ganas de que ridiculizara la religión. Solía decirle entonces que si la idea le duraba hasta el momento de su muerte le llevaría entonces un cura, pero no antes’.
Wilde se convirtió, efectivamente, en el momento de su muerte el 30 de noviembre de 1.900. Lo atendió el padre Cuthbert Dunne, quien verificado su ‘compos mentis’ lo admitió en seno de la iglesia católica.
Desde su salida de la cárcel de Reading (en donde leyó las Confesiones de San Agustín y La Divina Comedia de Dante) hasta su muerte y conversión había vivido solo, despreciado y abandonado por todos en su exilio Francés en Dieppe y luego en París. La separación física de su mujer e hijos en su exilio francés lo sumió en una melancolía que se nutría de la gloria en la flor de antaño. El poema de Wilde ‘A mi mujer’ es muy significativo:
«Y cuando el viento y el invierno asolen este desalmado país, te hablará susurrante del jardín y tú lo entenderás»
La muerte de Constance en 1898 – la traicionada esposa que nunca dejó de quererlo- fue la puntilla en sus últimos desgraciados años. Después de su viudedad escribió a un amigo: «No sé qué hacer. Si por lo menos nos hubiéramos vuelto a ver una vez y nos hubiéramos besado… Pero ya es demasiado tarde. Qué horrible es la vida». Barajó el suicidio, pero su nebulosa fe lo apartó de esa idea.





