
La maravillosa portada de Fernando Mircala para nuestro ensayo ‘El Delirio Nihilista’ (2019) refleja perfectamente el origen y el final de todo nacionalismo: banderas, desfiles, totalitarismo y cadáveres andantes sobre mitos inventados. No hay nacionalismo sin resentimiento, ni división entre amigos y enemigos. Todo empieza con la invención de la historia y con la amplificación de los agravios y después llega la exigencia de cesiones presuntamente compensatorias. Y así se cierra el círculo vicioso, bien cebado por el apaciguamiento. A mayor agravio, mayor necesidad de apaciguamiento.
De verdad que uno entendería lo del ‘apaciguamiento’ si no hubiera existido no hace tanto tiempo un Chamberlain mendigando la magnanimidad de un Hitler que en 1936 o incluso 1938 no tenía media torta.
Entendería igualmente el ‘apaciguamiento’ si no supiéramos que después de los Sudetes checos, vendría Austria y mas tarde Polonia y luego Auschwitz. Y hasta podría entender esa patológica y suicida oferta de diálogo si no tuviera la certeza moral de que no hay diálogo que valga con un violador, con un asesino en serie, con un nazi o con un pederasta, pues para que exista un verdadero proceso de diálogo no solamente debería haber ausencia de coacción – Habermas en su razón comunicativa y ética dialógica lo explica ‘in extenso’ – sino también la voluntad de asumir algunos de los intereses ‘legítimos’ de la otra parte. Y fíjense que he escrito ‘intereses legítimos’ ¿quién en su sano juicio consideraría legítimo el interés del violador por forzar a las mujeres o el del pederasta por abusar de los niños? ¿Y quién se atrevería a afirmar que no existe coacción al dialogar con terroristas armados o con un asesino en serie acompañado de su motosierra favorita? El diálogo, para que tenga sentido y por lo tanto valor, debe ceñirse a unas pautas claras de respeto a las reglas del juego democrático, estar libre de violencia y, sobre todo, confrontar intereses legítimos, que son los únicos sobre los que cabe alguna transacción.
Y como resulta que jamás serán legítimos el crimen, la discriminación, la violencia y la superioridad étnica, jamás debiéramos plantearnos dialogar con sus heraldos hinchados de odio y de resentimiento tribal. Y como jamás ha salido nada bueno del nacionalismo, jamás debiéramos concederle un solo minuto de paz y más bien tendríamos que hostigarlo con todas las armas del Estado de Derecho para reducirlo al tamaño inofensivo y anecdótico que deben tener los enemigos del Estado y de las libertades para que no lleguen a ser sus verdugos. Las dos guerras mundiales del siglo pasado incubaron el huevo de la serpiente nacionalista. Yugoslavia fue nacionalista. Ruanda fue nacionalista en su versión subsahariana. El nacionalismo necesita enemigos, ansía la confrontación y esta culmina en guerra. El nacionalismo es, en resumen, lo peor de un pasado reciente que algunos delincuentes reaccionarios no quieren que pase pues se alimentan de su cieno venenoso.
Ni un minuto más de diálogo y a ‘degüello’ político, legal y judicial contra quienes carecen de ética y de legitimidad y andan sobrados de antorchas, de bilis y de ‘sangre y suelo’.





