Pasear por algunas zonas de Sevilla es aún respirar alfarería y con ella, respirar historia. A través de las distintas épocas, nuestra ciudad, ha sido cuna de multitud de talleres de producción, entre otras cosas por la calidad de los barros aledaños al río. Azulejos, zócalos y pavimentos vidriados policromados en blanco, verde, negro, melado, azul… a la “morisca”, de cuerda seca, de cuenca o arista, que, con más de cincuenta talleres en el siglo XVI, llegaban desde Triana hasta las Indias, hasta Portugal o se quedaban aquí, para hacer de Sevilla la ciudad más universal, si cabe, con la exposición del 29.
Pues vayan despidiéndose de la alfarería, de la historia, de la arquitectura… porque los “catetráticos” de salón, tecnicuchos que deben justificar sus sueldos, cuyo esfuerzo no va más allá de haber aprobado un examen, han decidido dinamitar todo lo que huela a lo anteriormente expuesto.
La Gerencia de Urbanismo de Sevilla, edificadores de incontables incongruencias, en connivencia con los alarifes del ayuntamiento (excelentísimos todos, todas y todes), para su aprobación y aplicación, llevó a cabo en su momento el desarrollo de una ordenanza municipal de publicidad por la cual se perseguía la coexistencia de la actividad económica con la protección del conjunto histórico, es decir, preservar la coherencia visual y evitar que la saturación de cartelería y publicidad degrade el vasto valor patrimonial que posee nuestra ciudad.
Los diseñadores pertinentes establecieron, en pro de esa coexistencia, un esquema específico de rótulos o toldos, por ejemplo, en cuanto a colores, tipografía o materiales, pero se olvidaron de distinguir entre elementos comerciales recientes y piezas con carácter artístico o artesanal.
La contaminación visual determina la presencia de elementos gráficos, publicitarios o decorativos que alteran la percepción armónica de un espacio urbano, especialmente en zonas protegidas por su valor histórico o cultural. Pero, ¿en base a qué se decide qué es la percepción armónica y qué elementos decorativos alteran la misma y por tanto contaminan visualmente?
Díganme, ¿el edificio de la calle Santander frente al de Hacienda es armónico o contamina visualmente?; ¿son armónicos los pivotes de 3000 kilos que sustentan los postes de los toldos de la avenida de la Constitución, por la cual pasa el metrocentro bajo palio?; ¿contamina visualmente mirar la portada de la iglesia de la Anunciación con las Setas de fondo?
Seguramente alguien ya está pensando: “¡Hay que ver qué rancia es! Ha de progresar y modernizarse, mujer” y yo le pregunto: ¿el progreso y la modernización deben conllevar la pérdida de la identidad o de los elementos identitarios? La respuesta es no. Si no, sirva como ejemplo la fachada del hotel de la calle Buiza y Mensaque antigua fábrica de cafés Saimaza. Modernidad sin pérdida de identidad.
No tiene sentido impulsar el turismo cultural poniendo en valor la arquitectura o la artesanía y a la vez se legisle amparando la destrucción de las mismas.
¿Por qué no se protegen elementos como la azulejería, la cerámica, la forja teniendo en cuenta la antigüedad, el valor artesanal o la identidad creada por el mismo en un lugar determinado?
¿Por qué no se regula al revés, es decir, que los elementos publicitarios de los nuevos negocios en estas zonas protegidas se adapten a los colores y materiales existentes e identitarios impidiendo esa contaminación visual por la cual se mantiene la percepción armónica?
En estas últimas semanas hemos oído cómo la ordenanza establece la eliminación de algunos de los azulejos de negocios que llevan en las fachadas del barrio de Santa Cruz décadas, como el que cuenta la historia de la reina Itimad, la Romaiquia.
El Sacro Santo ayuntamiento (permítanme esta licencia mordaz), afirma, asevera, atestigua, garantiza, certifica y proclama en los medios de comunicación, propios y ajenos (que en el fondo son los mismos) que no han enviado notificación alguna al respecto.
Pero los dueños de los negocios sí han recibido estas notificaciones, que personalmente he visto, para su retirada, donde además se les informa, como no puede ser de otra manera, que están expuestos a recibir multas diarias por cada día que exceda de la fecha de la orden de retirada.
Por lo que, decidan ustedes, quién miente de los dos: ¿los “catetráticos” consistoriales o los dueños de esos negocios?
Hemos llegado a tal nivel del absurdo que hay que cuidar mucho la publicidad que se lleva a cabo para no herir las sensibilidades impuestas por falaces braceros, cultos de porquera, cuyo sentido de la estética y conocimiento de la historia ni está, ni se le espera.
Dicho todo esto, si piensan abrir un negocio en las zonas “protegidas”, cuidado, no se les ocurra poner un azulejo de Mensaque con un Hércules, porque será un azulejo sexista y patriarcal; no lo hagan con alguna imagen religiosa porque estarán discriminando otras religiones; no lo hagan con imágenes de corrales trianeros y gitanos porque incitarán al racismo; en definitiva, olvídense de los azulejos, son algunos de los despiadados contaminantes visuales.
En cambio, el progreso y los promotores de la involución a la que estamos sometidos, permitirán y alabarán escaparates interminables rodeados de aluminio lacado a través de los cuales ver como se preparan unos vergofres (sin lugar a dudas elementos identitarios de la que llegó a ser capital del imperio español).
Con este tipo de modernidad, Sevilla anula su identidad destruyendo su idiosincrasia y consigue que, a día de hoy, además de tener el honor de ser la quinta capital en población, está muy alejada del pódium en cuanto a la protección de un patrimonio de arquitectura, cerámica, azulejería y forja que la hizo buque insignia y la convirtió, durante un tiempo, en la ciudad más monumental del mundo.
Aquellos que amamos nuestra ciudad debemos aprovechar lo que queda de esa Sevilla que se marchita y desaparece y, como en la vida, aprovechar cada uno de esos momentos con ella… por si es el último.





