Sólo en un mercadillo pueden verse ya ciertos libros que causan una especial nostalgia. Todavía los libros hermosos y de una cierta valía (sea por el autor, por el contenido o por la sólida encuadernación cosida de otros tiempos), pues tampoco están condenados a la aniquilación total; siempre hay amantes de los libros, para ellos están las librerías de viejo (hermosa denominación casi desaparecida, ahora hay que llamarlas “de segunda mano”), en general agrupadas en plataformas digitales.
Me refiero a libros no valiosos, libros “divulgativos”, que en su momento debieron aparecer como modernísimos, con su explosión de láminas de brillantes fotografías en color, libros vistosos, ilusionantes, en muchos casos dirigidos a un público juvenil, a menudo mal encuadernados (en la época en la que tan alegremente se pasó del hilo a la baratísima cola, las hojas de los libros se caían más que las de los árboles), y que lógicamente ya no tienen valor alguno. Éstos son lo que realmente sufren peligro de extinción.
¡Pero qué sabios mensajes se desprenden al observar cualquiera de ellos!
Hé aquí por ejemplo esto: “Pequeña guía de los peces de acuario”, de 1980, con ciento cuarenta páginas describiendo otras tantas especies de pececitos, con su brillante lámina fotográfica aclaratoria… Esto nos parece tan obsoleto que mirarlo puede dar casi pena. Pero pensemos un poco. Este librito podía haber sido un regalo para un jovencito que tuviera en su casa una pecera. Luego vemos otro librito, encuadernado con una espiral: “Roma como era y como es”, con fotografías de los monumentos más o menos en ruinas, y su imaginaria reconstrucción… Y las muchas colecciones de obras de arte, de pintores…
Todo eso ha quedado obsoleto, pues “está en Internet”.
Aquí es donde viene la llamada a la reflexión. En el siglo pasado, lo que se suele llamar la cultura tenía un coste. Para satisfacer una curiosidad intelectual (el amor a las pinturas de Fra Angelico, o el interés por las especies de pececitos o por la historia de la aviación, o la fascinación por las pirámides egipcias… las mil cosas por las que se interesa el ser humano que no son comer y beber, sino alimento del espíritu), pues para eso había que buscar un libro, y además comprarlo. Satisfacer esa curiosidad, procurarse ese deleite para la mente, implicaba un cierto trabajo de búsqueda y un pequeño gasto económico. No gigantesco: si pensamos en la Sevilla de fines del siglo XX, pues estaba llena de librerías, grandes almacenes, kioscos que sí vendían material de lectura… y el gasto era moderado, al alcance de cualquier adolescente medio (por poner el ejemplo del adolescente). Es decir: resultaba accesible. Pero no totalmente gratis ni totalmente instantáneo.
Hoy día podemos decir, simplificadamente, que todo eso es gratis. Todo eso lo tenemos en Internet. La “cultura” está toda en Internet.
Y a veinte años vista de esa increíble gratuidad e inmediatez (que a primera vista parece cosa tan excelente)… ¿cuál es el resultado?
Este tema sería inagotable, pero centrémonos sólo en un aspecto, aunque parezca el más prosaico: en el gasto. Un adolescente de los años ochenta, del dinero que le dieran para gastar, inevitablemente, y por poco “empollón” que fuera, inevitablemente gastaba una buena parte en objetos transmisores de cultura. Libros, discos, vídeos en sus distintos soportes, mapas… También buena parte de los obsequios que recibía eran de esa índole.
Hoy ese gasto es innecesario. La “cultura” es gratis. No es que hayan desaparecido las aficiones, la curiosidad intelectual (aunque podríamos temerlo, pero en fin, no lo afirmemos de momento). Seguirá habiendo una jovencita a quien le maraville el observar las estrellas, otra que se pregunte para qué servían los megalitos… pero esa curiosidad la resuelven gratis, y al instante, con su móvil. No hay que esperar al regalo monetario del tío Manolo para comprar un libro titulado “Las maravillas del cielo”. ¿En qué se gasta el dinero pues?
Decimos jovencitos, pero esto vale para todas las edades. Los maduritos de hoy viven plenamente en el tiempo presente: la curiosidad intelectual, si alguna queda, se satisface al instante, y gratis. ¿En qué se va pues el dinero y las energías?
En los placeres puramente físicos y corpóreos. Todo es gastronomía y deporte. Hasta las cosas llamadas culturales tienen un componente físico y corpóreo (la visita guiada, escuchando al joven y atractivo guía… ¡Qué lejos de un libro leído a solas que explique más a fondo la historia de una catedral!).
Lo gratuito e inmediato no se valora, podrá ser la conclusión.
¿Qué podemos hacer? Retroceder en el tiempo es imposible, y ni siquiera deseable. Pero algo sí está en nuestras manos. Quien aún conserve, habiendo resistido a la presión social de tener hogares minimalistas, quien aún tenga algún librito de este tipo (“Guía de peces” “Roma tal como era”)… ¡no lo desprecie! Hojeándolo, aun leyéndolo, puede renacer esa curiosidad vital, ese deleite en cosas que no sean comer y beber, que es lo que nos hace humanos. No digan “eso está en Internet”. Es mejor tenerlo en forma concreta y real, y preferiblemente habiendo costado algo, en nuestras propias manos.
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