A Eladio Rodríguez, in memoriam.
Como si Pepe Blanco cantara al cocidito madrileño —“No me hable usté de los banquetes que hubo en Roma ni del menú del hotel Plaza en Nueva York—, ayer el público de Madrid pegó un gatillazo de categoría con Eric Clapton. Si, un gatillazo. Un gatillazo tan alto como las torres de la Castellana.
Cuando Clapton le metió mano, él solo en el escenario a “Kind hearted woman” de Robert Johnson con la guitarra acústica, sonó algún pitito en el público. Lo del protagonismo del tendido 7 en Las Ventas se está expandiendo peligrosamente por la ciudad que siempre acogió y regaló la segunda nacionalidad para ir convirtiéndose, poco a poco, en un cinismo insoportable, en el ir a ver a un dios del blues y del rock y no poder ni tocar las palmas. Lo de la gente de la organización, seguridad y controladores, nerviosos y con la masa siempre fuera del alcance de sus torpes manos, Madrid no llegó a la altura de Clapton. ¿Si a servidor lo registraron de pies a cabeza, sometiéndolo a un cacheo de los que manejaban los maderos en los ochenta, cómo se les pudo pasar que colaran un disco que terminó en el rostro del músico, terminando con la noche? Lo siento mucho porque Madrid es de las pocas ciudades a las que siempre vuelvo, de las que siempre disfruto y con las que sueño. El público de ayer no era el Madrid que yo conozco. El que he conocido.
Aparte de que el insensato y bestia que lanzó el disco a Eric Clapton —que hizo que éste último cortara por lo sano y se fuera a por el estoque de verdad a la hora y cuarto de concierto, dejándonos sin media hora más de su sonido y sus cosas— el público estuvo frío. Excesivamente frío. Inmóvil, insensible… No sé, una cosa muy rara.
Pero a él le dio igual hasta que lo del lanzamiento del disco hizo blanco y rasgó en dos la voluntad del británico. Eric Clapton no entró al escenario, sino que descendió desde las alturas del blues y el Rock and Roll. Hay artistas que ofrecen un concierto y hay otros, los menos, que convocan una liturgia. Lo de estos últimos no es solamente música. Ni siquiera memoria. Lo de los elegidos —los de las bolitas, que decía Rafael de Paula— es una forma de eternidad tocada con seis cuerdas. Desde hace más de medio siglo, la vida y la obra de Clapton avanzan como una vieja llama que nunca termina por apagarse, hecha de blues, de pérdidas, de ruinas, de redención, de bajadas a los infiernos y de una belleza áspera que parece venir de muy lejos, de un lugar donde el dolor aprende a cantar y a tocar la guitarra.
Fue muchacho herido antes que leyenda. Peregrino del blues antes que dios con la Stratocaster. En sus manos, el lamento de Johnson, la fiebre eléctrica de Chicago y la melancolía británica encontraron una sola voz. Cada riff suyo sigue abriendo una grieta en el aire. Cada solo, decir lo que las palabras no son capaces. Y así nació el apodo, mitad susurro, mitad sentencia: Slowhand, Mano Lenta, como si el tiempo mismo decidiera demorarse para escucharlo. Como la máxima de Curro: “despacito, muy despacito, que las cosas grandes se hacen despacito”.
Pero la grandeza de Eric Patrick Clapton nunca fue limpia ni fácil. Su música está hecha también de sombras, de remaches, de jirones, de caídas, de revolcones, de fantasmas, de pérdidas insoportables, de noches en las que la gloria no basta para salvar a un hombre de sí mismo. Tal vez por eso su guitarra —y su voz— emociona tanto. Porque no presume, confiesa. Porque cuando toca, no parece ejecutar una obra, sino sobrevivir dentro de ella, aunque le cuesta la vida. Y el público lo sabe. Lo sabemos. Lo intuimos. No acudimos a su llamada por admiración, sino por necesidad, como quien busca en un viejo himno una verdad que todavía resiste. Ayer gran parte del público pegó un gatillazo porque esperaban no sé qué. Y lo que tenían delante era la gloria misma en forma de música.
Desde los primeros arpegios claros de “Badge”, se vio que Clapton venía a por todas, apostando por la distorsión de la pedalera entre el abismo del acople justo, exacto. “Key to the highway” fue sublime, templada; sonidos de Chicago que hacen que Clapton sea quien es. Con la Strato los dedos le corren por el mástil con velocidad, con elegancia, con soltura. La rotundidad de “Hoochie coochie man”, Misisipi puro, sonó con fragilidad de cristales rotos. Ahí el guitarrista fue el rey del instante. Elegante, claro de voz. Nosotros volábamos tras su eco. “I shot the sheriff” se rindió inspirada, con la voz ronca, flamenqueando y tocando la guitarra por abajo con la soltura que le iban regalando el paso de los minutos.
Con la guitarra acústica se le notaron las carencias de lo que supone llevar ochenta y una primaveras a las espaldas. Las cuerdas cortan, son duras… y su mano no es ya el látigo que era. No tiene por qué serlo. Ahí, algunos graciosos hicieron la gracia y sonaron pititos. Enanos que no saben ver lo que tienen ante sus narices envidiosas y afiladas. “Nobody knows you when you’re down and out” pidió vestir esmoquin y pajarita. Y luego “Layla”… y “Tears in heaven”. El cielo se abrió de par en par ante nosotros. Déjame aquí para siempre, Dios mío.
Durante todo el concierto, la banda sonó compacta, rocanrolera y blusera. Calidad y fuerza. A los habituales Chris Stainton y Nathan East, se han sumado para esta gira Doyle Bramhall II, un guitarrista zurdo que brilla; Tim Carmon al órgano hammond; y Sonny Emory a la batería. Las voces, negras como el carbón, fueron las de Katie Kissoon y Sharon White.
Clapton volvió a la guitarra eléctrica para atacar “Tearing us apart”, “Old love” y el blus “Little queen of spades” para despedirse con “Cocaine”. Se saltó algunos de los temas que viene interpretando habitualmente en esta gira y no hizo bises. Cortó por lo sano. El concierto fue corto, como una faena de quince muletazos. Pero a servidor lo dejó tan satisfecho que aún tiene la música metida en el alma. Y por los siglos de los siglos… Amén, Eric Clapton.
Porque hay guitarras que suenan y hay guitarras que lloran (valga la vulgaridad). La de Eric Clapton no solo atravesó ayer el aire de Madrid, sino que traspasó la carne, la memoria, la parte más rota del alma. Su toque tuvo la verdad de quien ha amado, ha perdido y ha seguido respirando con el corazón hecho ceniza. En cada nota suya hubo una herida abierta en canal diciendo suavemente lo que muchos no sabemos nombrar. Porque es cierto que vivir también es romperse y que, a veces, la música es la única forma de no morir del todo.





