En esta semana tan repleta de noticias preocupantes y aun trágicas, pasa desapercibida una, mencionada un día suelto como de paso, referida a un nuevo caso de corrupción flagrante en el ámbito de los residuos- vulgo las basuras. Esta vez, una con centro en Marchena pero que afecta a varios municipios sevillanos. “Es el cuarto escándalo en este sector”, dicen lacónicamente.
Probablemente, aun sin invasión del territorio nacional, aun sin pandemia, incluso aun sin el gobierno de Sánchez, esta noticia hubiera seguido pasando desapercibida. Total, un escándalo más entre los miles y millones… (y que además no tiene el “atractivo” noticiero de una cara conocida). Este tipo de estafas básicamente consiste en lo siguiente: después de los millones que gastamos, en esta época de conciencia ecológica, en organizar un sistema de residuos “sostenible” (reciclar las basuras que lo permitan, y las que no pues tratarlas de modo que no contaminen), y en concienciar de ello a la población, pues los responsables últimos, los encargados de los vertederos hacen exactamente lo mismo que se hacía toda la vida (antes de que ni se conociera la palabra “medio ambiente”): arrojar toda la basura al mismo sitio sin más. Eso sí, con el añadido de guardarse las millonarias cantidades recaudadas para el “tratamiento ecológico”.
Resulta deprimente comprobar que tan hirientes estafas cuando salen a la luz pues tienen un eco casi nulo, no parecen indignar a nadie. ¿Les hará a algunos hasta “gracia”, como si fueran una simpática picardía…?
Creo que este suceso es de los peores y más abyectos, de los más descubren la endeblez del sistema político y social en el que vivimos. Y no por lo que tiene de delito ecológico (al fin y al cabo, este concepto no existía hasta hace poco), sino por algo mucho más grave, a saber:
Que la facilidad con que estas burdísimas, grotescas estafas se repiten una y otra vez, indicadoras de que el reciclaje y tratamiento de basuras apenas se vigila ni se inspecciona, unido esto a cómo se machaca al ciudadano, “concienciándole” para exprimirle a impuestos y cambiar sus hábitos todo en aras de la ecología, … pues revela nada menos que la gigantesca mentira en que vivimos, el cinismo más absoluto, el reírse ya en la cara del ciudadano.
(No por primera vez, algunos casi echamos de menos el sistema tributario de los imperios de la Antigüedad. “Yo te he conquistado, tú eres mi vasallo, luego tienes que pagarme tributo. Yo mando, tú obedeces”. Brutal, sí. Pero al menos, sin mentiras ni “concienciaciones”).
Llevamos decenios experimentando la “concienciación ecológica”, hecho que ha supuesto no sólo un gasto millonario, de multiplicación de millones y millones de nuevos contenedores de basura, de campañas publicitarias, sino incluso también un cambio de costumbres y hasta seguramente de tensiones familiares y sociales… Las familias inducidas a separar las basuras en sus casas, las miles de regulaciones para todo tipo de negocios… Y después de llevar cabo todo esto, con el dinero y con la energía vital y hasta con la conciencia de los ciudadanos (una recuerda homilías de sacerdotes subrayando la importancia de reciclar el papel…) pues entonces, a la hora de la acción…
… pues ni se molestan efectuar dicho reciclaje. Se le encarga a una empresa, y ni la menor inspección ni vigilacia.
¿Cuántos ciudadanos no han sido multados por haberse descubierto que en la bolsa de basura que arrojaron al contenedor estándar había papel- papel que delataba el nombre del ciudadano? Y por mil minucias semejantes. Y los gobiernos locales hasta alardean de poner estas multas, porque “hay que concienciar” y “el delito ecológico es muy grave”. Y en contraste con eso, pues ninguna autoridad vigila si realmente las basuras se reciclan o no.
“No te molestes, si va todo al mismo sitio”, le dijo una vez un anciano a una muchacha que arrojaba, en el lugar señalizado, unos vidrios. La chica lo tomaría por ignorante, y resulta que el viejo tenía razón…
Así pues, en tratamiento de basuras estamos como hace unos sesenta años (la basura se arroja a un vertedero, y adiós muy buenas), pero con el inconmensurable agravante del inmensísimo, descomunal gasto económico y vital y hasta de moral que hoy llevamos sobre nuestras espaldas, todo para nada.
¿Es por maldad o es por estulticia? Tremenda pregunta, pues no sabemos qué respuesta preferir.
¿No tendrá mucha culpa de todo esto el mantra de los tiempos actuales de “Hay que concienciarse” – aplicado no sólo a este tema, sino a todos?
Tal vez no se trata tanto de concienciarse; sino de actuar.





