Sin duda han llegado los tiempos en los que defender las mayores obviedades se ha convertido en cosa heroica. En este caso, no alardeamos de heroísmo, no es para tanto (aún no hay penas ni sanciones, esperamos, por decir la obviedad de que “con luz se ve mejor”), pero ya es suficientemente espinoso el que se haya hecho necesario el decir esto.
Y no, no hablamos en sentido figurado (como el que tiene, por ejemplo, la expresión “luz y taquígrafos”). Hablamos de la luz en su sentido literal, físico. En una habitación interior, sin ventanas, y con la luz apagada, no se ve nada, ¿no es así? Si encendemos una lamparita como de mesilla de noche, o una linterna, ya se ve un poquito, pero muy poco y mal, ¿no es cierto?
¿Para quién hablamos? ¿Alguien no sabe esto? Hasta los bebés que no saben hablar, pero perciben las cosas básicas de los sentidos, hasta ellos saben esto, aunque no lo puedan explicar.
Pues los únicos que lo ignoran, por lo visto, son los directores de los museos – justo los que tendrían que poseer más sensibilidad para lo visual.
¿Cómo es esto de ver lo cuadros a oscuras? Esta demente moda empezó con las exposiciones temporales (exposiciones por cierto se debe decir; en castellano, “exhibición” es otra cosa). Se entraba en una sala a oscuras, con cuadros o esculturas; y justo sobre cada obra de arte había un pequeño foquito de luz. Contemplar los cuadros en esas condiciones es incómodo para la vista, y denigrante para las propias obras de arte.
El sistema de un pequeño foquito de luz que hace resaltar un cuadro en medio de la oscuridad, eso es como un truco efectista apropiado para realzar un cuadro mediocre. Podemos hacer la prueba. Cualquier cuadro de escaso valor, pero pintado al óleo al estilo tradicional, acaso por una abuela aficionada, si se le coloca así (con un foquito específico que hábilmente lo resalte, en la oscuridad del pasillo o del salón en el ángulo oscuro) pues “gana” mucho, adquiere un aire importante y misterioso, se disimulan las imperfecciones.
Si vamos a eso, lo mismo ocurre con las personas. A los maduritos les “favorece” el salón a oscuras con un tenue, hábil foquito eléctrico. Sólo el esplendor de la juventud y belleza aguanta el tipo a mediodía y a pleno sol.
Las grandes obras de arte son precisamente las que no sólo “aguantan” sino que reclaman la luz, para verlas mejor. Son las que poseen justo ese esplendor de belleza y hálito de juventud eterna. El tratarlas como si fueran el viejo cuadro que uno tiene en el desván pintado por el tío abuelo aficionado (“Vamos a ponerle un foquito, chicos, y así en lo oscuro del pasillo de entrada, veréis qué buen efecto da”), como a cosa a la que hay que ponerle un truquito efectista “para sacarle partido”, es como insultarlas. En todo caso, es desperdiciarlas completamente. Así no se aprecian bien. Se aprecia una centésima parte de lo que valen.
Con dolor vemos que el Museo de Bellas Artes de Sevilla ha entrado por esta ruta funesta. ¡Cuán curioso!, se adopta esta moda absurda justo a la vez que el museo se realza, entra en la gran ruta turística internacional… Es como para echar de menos décadas pasadas, en las que a este gran museo (pese a ser la segunda pinacoteca de España, siendo la primera el Prado, que es la mejor del mundo) no se le prestaba atención, estaba ahí como olvidado; esto podía ser una pena, pero los verdaderos interesados podíamos contemplar los cuadros en salas iluminadas, con todo su esplendor… Justo porque “no se le echaba mucha cuenta”, los cuadros estaban como el sentido común da a entender (antes de que vinieran los truquitos efectistas): con luz. Mientras más luz, mejor.
Muchos dirán: “Pues a mí me gusta, pues queda muy bien”. No es de extrañar. Es resultón el truquito efectista del foquito en una estancia a oscuras. Pero las grandes obras maestras pierden. El foco es como ponerles un filtro, bueno, la misma palabra “foco” ha creado los derivados de “enfocar”, “todo depende de cómo se enfoca”… ¿Nos vamos a conformar con la única visión que permite el foco puesto por otra persona? Literalmente, las grandes obras de arte (y se les llama así precisamente a las que subsisten en el tiempo porque aguantan la contemplación desde millones de retinas, cada una con su punto de vista), pues de este modo quedan vedadas a la libre interpretación del público: se les prohíbe la percepción directa, se les impone la visión limitada inducida por el foquito de luz (que como es sabido, según se coloque, determina todo. Es casi como hacerles un photoshop en vivo).

Se hablaba el otro día del célebre y milenario busto de Nefertiti, la reina egipcia, una de las obras de arte más hermosas e intrigantes que se pueden contemplar… o que se podían. Los que tuvimos la inmensa fortuna de verla en el Berlín del siglo XX, en una sala llena de luz, en medio de otras muchas antigüedades egipcias (acaso estaba rodeada de un cristal, sí, pero por lo demás se hallaba tan “normal”, a la altura de nuestros ojos, a plena luz, como procuramos estar en nuestras casas), podemos constatar la terrible pérdida experimentada hoy que, incluído este busto en la macro-ruta turística sensacionalista de cosas que “hay que ver”, ahora dispone de una sala para ella sola, sala que está a oscuras, ella presidiendo en alto, y, ¡ay!, ahí el foquito calculadamente efectista no nos deja verla con nuestros ojos sino a través del capricho reduccionista del técnico de turno…
¿En qué mundo vivimos, en que, a la vez que se nos conmina a “viajar, hacer turismo a todas horas”, luego no nos dejan, literalmente, ver las cosas, contemplarlas bien, enriquecernos con ellas…? A las grandes obras, las tocadas por ese hálito divino que nos reconcilia con la humanidad, se las ha reducido a adornito efectista.
Con buena luz se ven mejor.





