…los fanfarrones, los hermanos Machado escriben tirabuzones y les salen cosas como lo de “La Lola se va a los Puertos”, quedándose la Isla como sabemos, como el gallo de Morón. Que ya estábamos un muy mucho cansados —hasta la mismísima coronilla— de dividir a los hermanos con la de cosas que hicieron juntos y con la admiración que se profesaban mutuamente.
Bien está —que está mal, fatal— levantar muros en pleno siglo XXI en una democracia consolidada, por mucho que ahora la quieran hacer tambalear. Bien estuvo que unos enaltecieran a Antonio, con la pistola del “heroico Líster”, y los otros a Manuel, con los remates caudillescos de algún que otro poema. Bien está lo que bien acaba y ahora parece que se zanja —ojalá definitivamente, para los restos de los restos— tanta estulticia y tanta estupidez. Que lo que unió la ciudad de la gracia no lo separe la arena de la playa serena de Colliure. Aunque un alcalde de pueblo —de Paradas, “el suyo y el mío”—, José Gómez Salvago, se adelantara más de medio siglo rotulado una calle de nuestro pueblo con el nombre de “Hermanos Machado”. Que Rodríguez Ojeda lo ha dejado claro en dos versos: “Cuánto Manuel en Antonio / y cuánto Antonio en Manuel”.
Y se hacen tirabuzones, en su ciudad natal, porque en la Fábrica de Artillería de Sevilla, junto al puente de San Bernardo, se ha inaugurado la magna exposición “Los Machado, retrato de familia”. En el barrio de los toreros, que ahí el que no salía para figura en el arte de birlibirloque era matarife en el Mercado de la Carne, militar —como el brigada Rafael, dibujando arabescos con su corneta en el aire de la ciudad— o era obrero de la fábrica de artillería.
Que tiren piedras los aprendices a lapidar sin el menor disimulo para lanzar la primera piedra, que no quedarán salvados de odios baratos, servilismos varios y canalladas a granel. Que sigan dividiendo los que no entiendan que de la calle San Pedro Mártir —calle de artistas, que en ella también nacieron Rafael de León, Gonzalo Bilbao y Alejandro Sawa— a la calle Dueñas no hay más distancia que a donde alcanza la plaza de San Lorenzo y poco más. Que de la pila bautismal de La Magdalena a la de San Juan de la Palma no caben todos los obuses del 36 que destrozaron la Plaza Nueva, San Marcos o Triana.
Que tiren bombas, que ellos seguirán haciendo tirabuzones con las palabras para dejar la única verdad: que eran hermanos y que eran dos excepcionales poetas. Va a ser cierto aquello del Pali de menos misiles y más pavías de bacalao. Pues eso, menos politiqueos manidos y más poetas en este mundo enrevesado y envenenado.
A Manuel y a Antonio hay que mirarlos más como poetas que como hombres. Porque el poeta es mito y sobrevive siempre al hombre, con sus virtudes y sus defectos. Que el hombre se enfrenta constantemente a las circunstancias ortaguianas y el poeta se enfrenta al hombre con el arma de la inteligencia y un papel en blanco, como el torero ante el toro.
Cuando algún indocumentado me pregunta si me gusta la poesía de Machado, siempre pregunto lo mismo: ¿a cuál de ellos te refieres? La mayoría de las veces el que interroga no sabe a qué me refiero. Otros, me especifican que a Antonio, obviando a Manuel. Y los menos, los muchos menos, pueden discernir que hay más: el padre —Demófilo—o a uno de los dos hermanos. Y yo me pongo petulante, y justo, y le digo que se ha dejado atrás al abuelo, que fue rector de la Universidad de Sevilla, darwinista, y a la abuela Cipriana, recopiladora de decires y leyendas por los pueblos, ambos fundadores de la saga de los Machado, a los que se les rinde justo y merecido homenaje como collera inseparable de poetas en la Fábrica de Artillería de Sevilla. Al pie mismo del puente de San Bernardo.






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Cuando llegó la democracia a este país, muchos ayuntamientos impulsaron el cambio de nombre en sus calles. En Fernán Núñez (Córdoba), mi pueblo, a propuesta mía, la que había sido calle «Capitán Cortés» pasó a llamarse «Hermanos Machado».