Soy un defensor de la idea de Europa. Lo he sido siempre y muy especialmente en estos tiempos turbulentos para nuestra democracia. Cuando todo se hunda aquí, siempre nos quedará Europa como salvaguarda, a pesar de sus deficiencias, burocracia y errores. Gestionar y cohesionar un espacio europeo en el que durante miles de años nos hemos acuchillado, no debe de ser cosa fácil. Y pensar en 2020 que podemos ser islas soberanas, autónomas y felices es no entender en que mundo vivimos. Ese ‘esplendido aislamiento’ ya no funciona ni en las islas británicas.
Por eso, porqué pienso que Europa es fundamental, creo que todos los países y organismos del espacio europeo – OTAN incluida – deberían estar apoyando claramente a Francia y a Macron en su lucha valiente contra el islamismo y contra quienes, como Erdogan, lo alientan.
El silencio institucional de la mayoría de países – los tweets, lo siento, no me valen – es vergonzoso y revive con pasmosa actualidad el famoso poema del pastor Niemoller: ‘primero vinieron a por …’
Apoyar hoy a Francia es defender no solamente los propios fundamentos de la UE sino también la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 y nuestra dignidad como ciudadanos y Estados de Derecho. No puedo entender cómo después de los horrores que están acaecido en Francia y otros países como el nuestro no existen movimientos del tipo de #Open_SocietyLivesMatter.
Los asesinos siempre matan en nombre de una misma religión (no se conocen brigadas suicidas del Opus, por ejemplo), ante el silencio abrumador de la mayoría de sus fieles. No todos son extremistas, claro. Pero la mayoría permanece en silencio, pues hablar estigmatiza y puede matar. Hay quien estima que entre un 10 y un 20% de los 1.900 millones de creyentes musulmanes son radicales, pero de ese tipo de radicales dispuestos a decapitar a alguien por un quítame allá esas pajas. Aterrizando a cifras concretas eso suma entre 190 y 360 millones de fundamentalistas dispuestos a matar por su fe o por lo que les dicte – o crean que les dicte – alguno de los miles de clérigos fanáticos (salafistas) y descontrolados que en Europa controlan a sus comunidades cerradas e impermeables a los valores europeos que son – no lo olvidemos – los valores ilustrados de laicidad, libertad y derechos humanos.
Las cifras de radicales hay que tomárselas muy en serio, pues aunque hasta la fecha el terrorismo islamista se produce principalmente en países musulmanes el aumento de población musulmana en Europa (en Francia ya es un 10%) puede reproducir aquí el horror del que huyeron. Los bolcheviques en la Rusia de 1917 representaban solamente el 1% de la población, pero les sobraba arrojo y fanatismo cualidades intrínsecas a cualquier creyente de paraísos en la tierra.
El islamismo yihadista es hoy en día lo mas parecido al totalitarismo que ensangrentó a Europa desde los años treinta y parece ser que Chamberlain gobierna en la mayoría de países europeos, asediados por los modernos jinetes del Apocalipsis: Nacionalismo, Populismo y Yihadismo.
Y ante ninguno de ellos podemos permanecer callados. Por eso, cuando Francia abandera la lucha por la defensa de las libertades públicas – entre ellas la libertad de expresión – toda Europa debería alzar su voz y sumarse al empeño francés que en este momento es quien mejor representa mi visión de Europa. No hacerlo así demuestra, por desgracia, la debilidad de la propia UE en la que tantos creemos.





