Sucedió en Oviedo. Si, no en Vitoria o Leitza, ni siquiera en Gerona o Vic. Fiestas locales, masa juvenil y, supongo que después de muchas copas para envalentonarse, la gran “hazaña”, trepar a un balcón donde luce la bandera de todos los españoles, intentar prenderle fuego y, al no lograrlo, arrancarla y arrojarla al suelo, donde la turba, quiero creer, como débil atenuante, que ebria, la pisotea y jalea al “valiente”.
Especialmente repugnante, si no lo es toda la escena, es la rabia y el rostro encendido de ira y un incompresible odio, con que uno de los bárbaros destroza y arroja al suelo la enseña nacional.
Difícilmente comprensible también que, oyéndose gritos de repulsa y hasta algún cántico del “Soy español”, ninguno de los espectadores de la vergonzosa demostración de vandalismo intente evitar la afrenta. Semeja una metáfora de la España actual, en que la mayoría de los españoles se arredran y cobardean en tablas ante los más gritones y alborotadores. Así nos va, se diría coloquialmente y simplificando la cuestión.
Y, ¿como hemos llegado a este estado de cosas en el que en la españolísima Asturias un puñado de cafres se desahogan destrozando una bandera nacional?
Para empezar habrá que culpar a un sistema educativo que ha ido deteriorándose año tras año y legislación tras legislación y que es la principal causa de que, salvo excepciones de jóvenes deseosos de conocer y aprender por sus propia iniciativa lo que no se les enseña en clase, haya varias generaciones, ya demasiadas, de universitarios que devienen luego en los actuales profesionales: políticos, ejecutivos, doctores, abogados, arquitectos….., con o sin doctorados, que desconocen la historia de España, desde la más antigua hasta la casi contemporánea. Que llegan a la facultad sin conocer a fondo la realidad de la Reconquista, por ejemplo, o que fue y representó Covadonga o la batalla de las Navas de Tolosa o… pero es que ni siquiera conocen la realidad de la primera y segunda Repúblicas, muy lejos del edén pregonado por las izquierdas, ni que circunstancias trajeron el enfrentamiento civil del 36, ni tantas cosas….todo se despacha con tres brochazos mal dados y sin profundidad, cuando no tergiversando criminosamente los hechos.
Con 10.839 libros de texto distintos en la escuela española en este curso 2018-2019, donde cada Comunidad Autónoma o región impone sus peculiaridades, y, lo que es peor, su versión política de las enseñanzas, es practicamente imposible construir una España unida y esa es la raíz de nuestra actual crisis de “identidad nacional” en muchos rincones de nuestra patria. Doy fe del desconocimiento de nuestros estudiantes, pues mi hija de 14 años, estudiante de 4º de ESO en un colegio religioso concertado no tiene ni idea, por ejemplo y sin ir más lejos, de quien fue Franco más allá de la caricatura, y muchos de estos jóvenes llegan a la universidad pensando que este gaseó judíos en campos de concentración.
Y con un idioma común, el castellano, proscrito en muchas regiones, no sólo en la catalana y la vasca, también en la balear, en la valenciana, incluso en la gallega, tradicionalmente gobernada por el PP.
Pero esta vertiente educativa no es más que una consecuencia, una de las más graves y devastadoras eso sí, del pecado capital de la Transición: el Estado de las Autonomías.
Si el injustamente sobrevalorado consenso no hubiera llevado a los que, no dudo que con buena intención, patronearon España en aquellos años a hacer todo tipo de cesiones ante las reivindicaciones de nacionalistas catalanes y vascos fundamentalmente, a las que rápidamente se unieron todas las regiones pues querían su parte del pastel, hasta el punto de incluir el término “nacionalidades” en la Constitución del 78, y luego los diversos Gobiernos de la democracia no hubieran ido dando más y más dinero, más y más competencias, a cambio de esos pocos votos que, ley electoral mediante, les ayudaban a sacar adelante sus presupuestos y leyes, no se hubiera llegado a la situación de catástrofe nacional en que nos hallamos, donde no sólo las regiones tradicionalmente reivindicativas de sus “peculiaridades” como justificación para sus demandas, demandas sustentadas en bombas en tantos casos, sino también regiones cuyos habitantes nunca habían sentido una pulsión nacionalista, y trás esta táctica sistemática de contraeducación de sus niños y jóvenes, el adoctrinamiento interesado y la manipulación desde el poder político regional, amén de la inoperancia de facto de la Alta Inspección del Estado, generan episodios del tipo del reflejado en el video.
Ante esto no cabe más que una voluntad política fuerte empeñada en proceder urgentemente a un replanteamiento de nuestra estructura administrativa y una revisión constitucional que normalice el uso del castellano en todo el país y recupere las competencias de educación para el Estado, de donde nunca debieron salir, como paso previo a la eliminación de las autonomías, fuente de despilfarro económico y, lo que es más grave, huevo del que nace la serpiente de la desintegración de España.





