Hoy día todo puede cambiar en cuestión de segundos. Incluso algo tan simple como coger un tren para desplazarse a otro lugar —ya sea para una visita, volver a casa, pasar el fin de semana o cualquier otro motivo— puede transformarse por completo. Cuando viajamos en tren, siempre hemos tenido la sensación de que nada malo puede ocurrir. Incluso de que es un momento agradable: lees, paseas por los vagones, vas a la cafetería, terminas tareas pendientes del trabajo o ves ese capítulo que te faltaba para acabar una serie. La idea de seguridad siempre había estado presente en el interior de un tren de alta velocidad.
Pero a todos se nos encogió el corazón cuando nos enteramos del terrible suceso ocurrido en Adamuz el domingo 18 de enero. Todos los atributos que sostenían la alta velocidad —seguridad, rapidez, confort— se desplomaron como un castillo de naipes. Lo sucedido superó lo imaginable, y la tranquilidad que ofrecía viajar en tren se convirtió en el horror más absoluto en cuestión de segundos.
Hasta que no se esclarezcan las causas de esta tragedia, son muchas las preguntas y muy pocas las respuestas, especialmente en lo que respecta a la asunción de responsabilidades. No entraré en el cruce de indecencias que circulan por las redes sociales, ni en el rédito político y mediático que algunos pretenden obtener del dolor de las familias de las víctimas. Me parece, sencillamente, repugnante.
Lo que sí debemos tener claro es que resulta inadmisible que ocurran estas cosas en un país como España, un país que se presenta como referente del bienestar social. Un país que siempre ha presumido de sus líneas de alta velocidad, de sus interconexiones ferroviarias y de unas infraestructuras supuestamente a la altura de las mejores del mundo. Pero, aunque sea inadmisible, a pocos les ha sorprendido que algo así pudiera suceder: ha habido varios avisos, todos ellos ignorados… hasta que llegó la desgracia.
Este es, simple y llanamente, un ejemplo más de la absoluta inoperancia de un Estado que no cumple con sus obligaciones. Una vez más, tiene que ocurrir una tragedia para que se decidan a actuar… o al menos a intentarlo. Una vez más, llegan tarde y no pueden evitar lo que era evitable. Una vez más, quienes pagan los platos rotos son las personas comunes, las que sí cumplen con sus responsabilidades y que, por culpa de este accidente, han visto sus vidas truncadas. Una vez más, el Estado ha fallado a su pueblo.
Y cuando antes coger un tren era un acto cotidiano, ahora lo han convertido en una escena de auténtico pánico. Solo podemos pedir que se esclarezcan los hechos y que, por una vez, los responsables asuman las consecuencias.
Descansen en paz.





