Ante el aluvión informativo que diariamente nos invade con casos de corrupción nacidos de la codicia, me pregunto qué procesos mentales conducen a una persona al deseo insaciable de tener más y no alcanzar nunca la felicidad que anhela.
Desde la perspectiva psicológica, tras esa fachada de ambición desmedida, hay un mecanismo complejo que intenta llenar un vacío emocional o calmar una profunda inseguridad. A menudo, la acumulación obsesiva de bienes, dinero o poder no nace de la abundancia, sino del miedo a la escasez, que lleva a la persona a creer que si logra tener «lo suficiente» (un límite que nunca llega), finalmente, estará segura, será valiosa o nadie podrá hacerle daño. Con ello se intentan satisfacer necesidades emocionales legítimas (como el deseo de amor, aceptación, control o estatus) a través de medios materiales.
Cuando una persona ambiciosa, con elevada propensión al logro, alcanza una meta (por ejemplo, cierta cantidad de dinero), experimenta un subidón de dopamina a corto plazo, pero su cerebro se adapta rápidamente a ese nuevo nivel de riqueza, y lo que antes parecía una conquista espectacular, pronto se convierte en la «nueva normalidad», por lo que necesita un estímulo aún mayor para disfrutar de la sensación, convirtiéndose en un ciclo sin fin de insatisfacción crónica.
A medida que el afán de bienes tangibles se intensifica, altera la forma en que el individuo se relaciona con los demás. Varios estudios de psicología social sugieren que centrarse en la riqueza material correlaciona con una disminución de la empatía que conlleva una visión utilitarista del otro (las personas del entorno empiezan a ser tratadas como herramientas para lograr un fin o como rivales a vencer, en lugar de como seres humanos con los que relacionarse).
Para evitar la culpa, su mente suele desarrollar narrativas de superioridad: «Yo me lo he ganado y los demás son débiles o perezosos», y de ahí que se asocie a rasgos de personalidad como el narcisismo, necesidad constante de admiración y validación externa a través de símbolos de estatus, a manipulación, disposición a explotar a otros para el beneficio propio, y a la baja autoestima, dependencia absoluta de la validación externa (el «tener») ante la falta de un sentido sólido del «ser».
Nada nuevo bajo el sol. Acudamos a la Historia, esa luz que Cervantes en el capítulo IX de El Quijote describe como madre de la verdad, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente y advertencia de lo por venir.
El 10 de enero de 1601, la Corte de Felipe III hizo las maletas y abandonó Madrid con rumbo a Valladolid, elegida como nueva capital del Reino de España. Oficialmente, se argumentaron razones logísticas: el aire puro, la abundancia de víveres y el desahogo de una ciudad menos saturada, la cercanía a Portugal y a Santander, puerto de Castilla… Sin embargo, detrás de este traslado masivo no había una búsqueda de bienestar público, sino una de las mayores operaciones de especulación inmobiliaria y corrupción de la Historia de España. El cerebro detrás de este movimiento de ajedrez no fue el rey, sino su valido: Francisco de Gómez de Sandoval y Rojas, el influyente Duque de Lerma.
Su estrategia fue tan taimada como efectiva: primero, comprar barato en Valladolid. Meses antes de que se anunciara oficialmente el traslado de la Corte, Lerma (utilizando testaferros y nombres interpuestos) comenzó a comprar masivamente palacios, casas, terrenos y huertas en Pucela. Como la ciudad castellana ya no ostentaba la importancia de antaño, los precios de los inmuebles estaban por los suelos. Cuando en enero de 1601 se firmó el decreto real, miles de nobles, funcionarios, embajadores, artistas (como Cervantes y Góngora) y comerciantes, se vieron obligados a mudarse a la ciudad del Pisuerga. De la noche a la mañana, la demanda de vivienda se disparó. ¿Y quién era el dueño de gran parte de los mejores inmuebles de la ciudad? El Duque de Lerma, quien los alquiló y vendió a precios astronómicos. El propio rey tuvo que comprarle a su valido el Palacio Real de Valladolid por una suma desorbitada.
Segundo, comprar a precios de saldo en Madrid. Mientras la antigua Pincia flotaba en dinero, Madrid se hundía en la miseria. La marcha de la Corte dejó a la actual capital en la ruina: los alquileres se desplomaron, los palacios quedaron vacíos y los comerciantes locales quebraron, coyuntura que aprovechó el Duque para comprar.
Cuando se destapó el negocio al volver la Corte a Madrid en 1606 (previo soborno de su ayuntamiento al Duque con 250.000 ducados), sus testaferros fueron juzgados, unos ajusticiados y otros encarcelados, y el personaje tuvo que recurrir al Vaticano para ser nombrado cardenal y escapar de la justicia. Como dejó escrito Quevedo, Para no morir ahorcado, / el mayor ladrón de España / se vistió de colorado.
El gran drama psicológico de la codicia es que se retroalimenta de su propio fracaso. Como los bienes materiales no pueden curar la inseguridad emocional ni la falta de conexión humana real, el codicioso siente que «todavía le falta algo». En lugar de cambiar de estrategia, concluye erróneamente con que simplemente necesita acumular más, y continúa por un camino que, como todos sabemos, le lleva a su perdición. La Historia nos enseña que no aprendemos.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






2 Comments
Fantástico artículo, Alberto. Vivo retrato de lo que ocurre en este siglo: Los Gurtel, Los Kitchen. Los Santos Cerdá, los brillantes de Zapatero, Las Leires… exacto, la Historia nos enseña que no aprendemos.
¡Enhorabuena por tan buen análisis!
Pepa Pineda
Magnífico artículo Alberto. Es verdad que no hay nada nuevo bajo el Sol. En el solar patrio , la corrupción, la deslealtad y la traición a cambio de dinero o bienes materiales se remonta a la llegada de los romanos , que se aprovechaban de las disputas tribales entre los habitantes de la península, sobornando y provocando enfrentamientos entre ellos. De todas formas, el análisis sicologico que haces me parece excesivamente profundo para la banda que nos asola. Son bandidos y ya está . No dan para más. Un abrazo