En una época en que los gobiernos parecen ir contra sus ciudadanos, y otras tantas instituciones en contra justo de lo que representan… causa dolor ver cómo puede ir empezando a decirse lo mismo del Consejo de Cofradías de Sevilla.
Era ésta una institución que a finales del siglo XX inspiraba enorme respeto. Incluso los más anticlericales, como máximo podían emitir alguna burla en tono menor, usar un poco de sorna… pero en el fondo la admiraban, pues, durante décadas, y contrastando con la gestión de los políticos locales, en general desastrosa, resplandecía la increíble eficacia de la organización de la Semana Santa, el discurrir de todo, las enormes bullas de entonces (mucho mayores que las de ahora, aunque hoy día la sensación de agobio sea mayor por el excesivo intervencionismo y multiplicación de vallas) sin que se diera jamás el menor incidente… En aquellos años, anteriores al 2000 (anteriores a la foto-manía, y a las redes sociales), pudo oírse entre el público este comentario, presenciando el solemne Via Crucis de las Cofradías, dicho en un susurro:
– El gobierno de la ciudad debían encargárselo al Consejo de Cofradías…
El que así habló no parecía demasiado devoto ni cofrade. Pero era una observación salida de un espíritu sincero. En una Sevilla de incesantes obras inútiles, calles cortadas a cada momento, molestias, ruidos (por citar sólo los problemas más superficiales), la impecable actuación del Consejo inspiraba admiración. Y es que sabían hacerse respetar. Una recuerda, de manera algo borrosa pero inequívoca, la reacción de las hermandades cuando el gobierno local habló de eliminar la festividad del 8 de Diciembre: simplemente, anunciaron que como la ciudad se quedara sin la fiesta de la Inmaculada, pues se quedaría también sin procesiones de Semana Santa (se negarían a realizar la estación de penitencia). Un poco de coherencia hay que tener en esta vida. Y no se habló más.
El Consejo tenía verdadero prestigio, algo que sólo se consigue cuando no se busca; se va labrando a lo largo de años y años de seguir una línea de coherencia y de buen hacer. Lo obtienen justamente los que no se preocupan de agradar sino de ser fieles a unos ideales nobles.
Pero el tercer milenio (ese cuyo advenimiento Juan Pablo II esperaba con tanta expectación, que hasta reflejó en una encíclica Tertio Millenio Ineunte, ¡qué ilusiones!) inició un camino de degradación, como en tantas cosas, también en nuestra Semana Santa.
Hace cuatro años se produjo un hecho en apariencia irrelevante, pero que algunos vimos como síntoma feroz de esa degradación, y absoluto trastocamiento del sentido de las cosas… Hasta entonces, el Consejo emitía un cartel cada año, y se celebraba un concurso para elegir la mejor pintura relativa a la Semana Santa. Obviamente no había compensación económica: el hecho de que la propia obra fuera elegida y se reprodujera por doquier, en todos los bares y en todas partes, ya resultaba un estímulo inmenso para presentarse al concurso. Y devoción aparte (ese concepto parece sonarles ajeno a los miembros del Consejo), pues incluso mundanamente hablando, la notoriedad adquirida por el pintor de cada año suponía un super premio añadido.
Pues bien, para el cartel de la Semana Santa de hace cuatro años (parece que todo tenía que ser fatídico en 2020)… el Consejo declara que a partir de ahora no habrá concurso, sino que el cartel se le encarga previamente a un artista, y que además, para que su trabajo sea más digno, pues será remunerado (tres mil euros). Es una indignidad, sin duda, que un artista no cobre, o que un concursante gaste pigmentos en vano si no le van a pagar.
Se hiela el corazón al ver el concepto que el Consejo tiene de la dignidad. ¿Será indigno entonces que los nazarenos hagan su estación de penitencia sin cobrar, o que las señoras mayores con varices esperen de pie horas y horas a ver pasar la Estrella por la calle Reyes Católicos… si total no “ganan” nada?
Las cosas importantes de la vida no son las que se hacen por ganar dinero (aunque esto sea por desgracia necesario). Son las que se hacen con otra motivación; y si hace falta, gastándoselo.
En Semana Santa, miles de sevillanos se dejan la energía, un poco de salud (dolores de espalda, de vértebras, ampollas en los pies… tantas cosas. Y valen la pena), y algo de dinero, y bueno, jamás se ponen a hacer algo tan mezquino como las cuentas. Para el Consejo, esos miles de sevillanos por lo visto no tienen dignidad.
(¿Qué será lo siguiente? ¿No sentiremos indignas por tener que gastar en peinas y mantillas…? El Consejo deberá pagarnos, ¿no?, por así embellecer las calles)
Abreviando: algunos ya denunciamos que eso de cobrar por el cartel automáticamente arruinaría su calidad. A partir de ahora se haría sin ganas, y sólo con ánimo de autopromocionarse.
¡Qué enorme desgracia es el tener razón!
Cuando hay un concurso de pintura, se ven las obras y se elige la mejor. Alguien dirá que siempre habrá amiguismos, eso es inevitable; puede ser. Pero, a diferencia de lo que ocurre en otras artes (por ejemplo, en un concurso literario. Vaya usted a ver si el jurado se lee de verdad las cuarenta novelas que se presenten. Pero los cuadros sí se pueden ver todos de un golpe de vista), hay algo de limpio y transparente en un concurso de pintura. Las obras están ahí a la vista. Nunca se garantizará que la elegida sea “la mejor la mejor”, pero sin duda se elegirá una digna.
Al encargar previamente la obra a un artista, ya uno se ata las manos.
Por interpretar lo ocurrido de la manera más benévola: suponemos que al entregarles el “artista” su “obra”… ya era tarde. Ya había que tener una molécula de valentía (tampoco mucha. No se juegan su trabajo ni su carrera… sólo el que alguien los pueda llamar “carcas”, ¡ay madre mía, qué horror!) para señalarse, decir “mira, esa obra no la admitimos. Se publica cualquier otra imagen, de las millones que hay disponibles”.
Nadie se atrevió.
Pone los pelos de punta el ver, aunque sea de pasada porque la sensibilidad no da para más, los periódicos informando de que “se presenta el cartel de este año”, así como la cosa más normal, hablando de “los valores pictóricos”, con miembros del Consejo ahí tan naturales, pretendiendo no ver “el elefante en la habitación”.
No hablaré del “artista” (ya celebérrimo, habiendo salido en todos los canales de televisión nacionales –los que jamás hubieran hablado de algo tan ajeno a ellos como el cartel de la Semana Santa de Sevilla-, ya habiendo conseguido su objetivo de super lanzamiento personal, como le sucedió, hace dos años, al de la mesilla de noche de escupidera, aunque éste lo supera), sino de las consecuencias para Sevilla.
Aun cuando se consiguiera retirar el cartel –hay una campaña para ello- el daño ya está hecho. La grotesca imagen, a fuerza de reproducida millones de veces, ya va pareciendo hasta “normal” (lo que ya deforma la Semana Santa en los cerebros). Y toda España ya sabe, se lo han “explicado” por todos los medios, que los sevillanos que viven la Semana son unos carcas de cuidado que se escandalizan por cualquier cosa, y que hay que defender el Arte y la Modernidad. Instintivamente… muchos procurarán “serlo menos” (menos carcas). Todo se desnaturalizará.
¿Quién ha ocasionado esto? ¿Los de Podemos, los de Sumar…? No, el Consejo de Cofradías de Sevilla.
Qué pena y qué tristeza tener que decirles, precisamente a ellos,
¡COBARDES!





