Junio de 1973. Acababa de terminar el COU (curso de orientación universitaria que realizábamos tras el bachillerato superior, antes de entrar en la Universidad) y fue nombrado presidente del Gobierno, el almirante Carrero Blanco. Era la primera vez que se separaban las funciones de presidente del gobierno y jefe del Estado, que hasta entonces asumía el Generalísimo, y designó ministro de Educación a Julio Rodríguez Martínez, catedrático de cristalografía y mineralogía, y rector de las Universidad Autónoma de Madrid, nombramiento que dio pie al rumor de que se trataba de un “error”, pues a quien el jefe del Estado quería era a Luis Sánchez Agesta, prestigioso jurista e historiador
La primera disposición que adoptó este ministro fue la de que el curso académico del primer año universitario comenzara en enero (sí, han leído bien), y no en septiembre, como se hacía tradicionalmente, con lo que íbamos a estar sin clases desde junio hasta enero. Imagínense a los jóvenes nacidos en 1956, más o menos, buscando en qué pasar el tiempo todos esos meses .
El 20 de diciembre de dicho año, a las nueve y media de la mañana, ETA asesinó en la calle Claudio Coello de Madrid al presidente del gobierno, y el magnicidio conllevó un inmediato cambio de presidencia a favor de Carlos Arias Navarro (curiosamente quien era ministro de la Gobernación y responsable de la seguridad del Estado) y pasó a ser ministro de Educación Cruz Martínez Esteruelas, quien anuló el decreto de su antecesor y ordenó que el curso terminara el 30 de junio.
El lunes 7 de enero de 1974, nuestro primer día de clase, el profesor de Análisis Matemático, Carlos González, nos anunció que lo que pensaba impartirse en nueve meses habría que darlo en seis, y fue así como pasamos de la placidez de un relax semestral a la ansiedad de quien se enfrentaba a nuevas materias, en unas instalaciones prestadas por la Facultad de Matemáticas, y rodeados de compañeros desconocidos.
El resto de los cinco años de licenciatura (los grados de cuatro años de Bolonia se empezaron a implantar en 2009) estuvieron preñados de hechos históricos que hicieron que nos sintiéramos partícipes de ese período conocido como Transición: contestación estudiantil al espíritu del 12 de febrero, marcha verde en el Sahara, muerte de Franco, manifestaciones ante los “grises” en la calle San Fernando, huelgas reivindicativas (dejamos de entrar en clase por un profesor que no se traía preparada la materia), profesores como Pepe Rodríguez de la Borbolla que venían a clase después de una noche en comisaría, primeras elecciones generales en junio de 1977, la gran manifestación a favor de la Autonomía andaluza del domingo 4 de diciembre de 1977, con un muerto en Málaga, una sentada en plena avenida Ramón y Cajal para que pusieran un semáforo…
Aquella promoción que terminó su carrera, más o menos, en junio de 1978, en vísperas del referéndum de la Constitución y a la cual pertenezco, hoy se encuentra en su práctica totalidad jubilada, salvo en el caso de algunos docentes con una gran vocación o de autónomos que van reduciendo poco a poco su ritmo de trabajo, pero todos nos sentimos actores de una época de cambio, donde arriesgábamos y dábamos cauce a nuestras inquietudes por mejorar lo que nos habíamos encontrado al llegar a la Universidad.
Hasta donde puedo alcanzar con mi observación y sin ánimo de generalizar, el panorama que contemplo en los actuales estudiantes es desalentador. Como si tuvieran asumido que lo realmente crucial se decidiera muy por encima de sus posibilidades en ámbitos que sienten (erróneamente) ajenos. Según esta creencia, la actuación civil (individual o colectiva) no afecta a lo que más les debería importar: intervenciones en clase (prácticamente nulas), planes de estudios ajenos a las exigencias de la calle, metodología didáctica anticuada, ausencia de pruebas orales versus proliferación de “parcialitos”, …
Ya no les hablo de su nula implicación en acontecimientos que deberían producirles rebeldía: ataques a la independencia judicial, un proyecto de ley de amnistía cuestionado y cuestionable, una condonación de deuda autonómica que altera la igualdad entre los españoles, el mantenimiento del cupo vasco (la mayoría no sabe ni qué significa ni sus orígenes), …
Nuestra generación tuvo que apretar los dientes y abrirse camino con una titulación hasta entonces desconocida y criticada (“el que vale, vale y el que no, a Empresariales”). Los que estudiaron en los ochenta y los noventa se encontraron con una Facultad propia y un cuadro de profesores formados en la etapa anterior. La actual generación, hija del plan Bolonia 2009, se mueve desde su individualismo, el culto al ocio, un pobre lenguaje verbal y escrito, la apatía en cuestiones sociales, la falta de esperanza en el futuro, y el miedo y la angustia ante el porvenir.
Ojalá que el nuevo año que comienza les traiga a los estudiantes universitarios el abandono del fatalismo y el cultivo de la esperanza, con iniciativas de dimensión y proximidad abordables, que permitan calibrar su resultado y muestren su capacidad para cambiar todo aquello que es mejorable. Feliz 2024.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





