Con perdón de “poner el parche antes de que salga el grano” (¡tan previsible es el grano!), adelantaría este prefacio antes de entrar en materia:
En los últimos tiempos, se han popularizado dos frases, que en sí serían inocuas, pero que dejan de serlo cuando se emplean en tono dogmático, sentenciador, como para establecer la propia superioridad intelectual, y etiquetar como vulgar e inferior al ser humano que tiene enfrente y que acaba de comentar o preguntar algo. Estas frases dogmáticas, cargadas de autoalabanza, son: “Es que yo no veo la tele” (ver el mismo contenido en dispositivos pequeños por lo visto convierte a una persona en más inteligente), y otra, en períodos como el presente, es: “Es que a mí no me gusta el fútbol”.
Así pues, a menudo una persona que por cierto vive bastante al margen de los medios, casi en su torre de marfil, si alguna vez, al llegarle algo de máxima actualidad, esto le sugiere una reflexión, pues el oyente, en vez de seguir el hilo de la idea, en vez de pensar en si está de acuerdo o no, pues emite una de estas dos frases mágicas (“Yo no veo la tele” o, dado el caso, “Es que a mí no me gusta el fútbol”), y así sentencia la inferioridad y vulgaridad de la que se tenía por ermitaña, y el nulo interés de lo que ésta pueda decir. Como si las realidades humanas no estuvieran todas entrelazadas, como si una cosa no ayudara a entender otra…
Millones de españoles (y seguramente de otros países) no se preocupan del fútbol, pero sienten cierto interés cuando “España” (además, ¡poder oír esa palabra tantas veces!) se aproxima a ganar torneos importantes. Es como el último residuo de un sentimiento común, de un poco de patriotismo. En 2010, millones de personas totalmente ajenas a lo que se dice “el fútbol”, se sorprendieron a sí mismas alegrándose. Si anteriormente les hubieran preguntado si deseaban mucho que “España ganara el Mundial”, muchas hubieran contestado que eso les resultaba indiferente; pero luego no fue así. Es curioso que persistan realidades arcanas, de las que no somos ni conscientes). Así pues, cuando parece abrirse la posibilidad de experimentar otro fenómeno semejante (que en sí trae connotaciones de algo sano, positivo), pues millones de personas hacen lo que no está en sus costumbres, a saber: ver la retransmisión de un partido de fútbol. Con la actitud alegre y profundamente vacacional (es como “tomar vacaciones de sí mismo”, desconectar de la propia personalidad) de quien, contrariamente a su estilo, decide ir a un parque acuático con sus sobrinos. No está mal alguna vez disfrutar de algo básico y “vulgar” como un tobogán, siquiera para no caer en el fatídico orgullo de creerse Seres Superiores. (Y las personas valen por lo que hacen, no por lo que dejan de hacer).
Pues en fin, al ver un partido de esta competición, y enterarse un poco de cómo se han sucedido otros, entonces se comprende algo que resultaba vagamente intrigante. A saber, ¿por qué este año eso del “Mundial”, algo que antes invadía todo, estaba presente en el aire, interesara o no se hallaba en cada metro cuadrado, se percibía en las calles vacías a ciertas horas… por qué este año parece pasar como mucho más desapercibido? Sin que eso sea mala noticia, sí resulta curioso como cambio sociológico. La explicación parecía fácil: en esta época atiborrada, rebosante de eventos, en esta especie de fiesta desatada y chillona en que se ha convertido Europa, vengan conciertos gigantes, macro festivales, maratones, realce de otros mil deportes, y tantas cosas, pues el protagonismo se reparte. Sonaba lógico.
Pero después de ver el desarrollo de un partido el lunes pasado, y enterarse de lo acaecido en otros… se diría que hay otra explicación. A saber: que estos partidos no son partidos. Quien ha visto cómo desaparece la esencia de cosas que le son afectas (la Semana Santa, la procesión del Corpus, la celebración de la Navidad) no va a derramar lágrimas porque se haya perdido también la esencia del fútbol (“a mí plin”, podríamos decir millones de personas). No, no va a llorar por eso. Pero sí constatarlo como hecho curioso. Un poquito sí que es lamentable: ver morir otra cosa más que formaba parte del paisaje de fondo de la vida, aunque “no nos interesara”… pues siempre impacta algo.
Ortega y Gasset decía: “¿Acaso hay algo más importante, pensarán muchos, que el que una sociedad sea justa? Pues sí. Antes de ser justa, tiene que ser una sociedad”. Antes de empeñarse en reformar algo, conviene analizar qué es. La realidad de las cosas se puede y se debe encauzar y tratar de mejorar… pero respetando ante todo lo que son. En su ensayo de hace más de treinta años, el novelista británico Nick Hornby, al describir el fenómeno de su adhesión a un equipo de fútbol que determinó el curso de su vida (y sus certeras observaciones sobre el desarraigo de algunas sociedades; sobre el creciente poder de las retransmisiones televisivas en detrimento del disfrute directo del pueblo llano, son extrapolables a mil campos, incluso a la Semana Santa de Sevilla) pues define perfectamente la esencia de este juego, su irrepetibilidad… todo lo que le daba un carácter único que no tenían otros espectáculos que él mismo reconoce como más cultos y distinguidos.
Pero lo que vemos ahora, con las paraditas para que los fornidos y vigorosos jugadores ¡beban agua! (¿y por qué no hacen otra para tomar el té?), y con eso llamado el “VAR”… pues con la obsesión de hacerlo más sano y más justo, resulta que ya no es un juego. “¿Hay algo más importante que el que una sociedad sea justa? Sí, que sea una sociedad”. ¿Hay algo más importante que el que un partido sea justo? Sí, que sea un partido. Estas cosas no lo son.
¡El paletismo del cientifismo mal entendido y peor aplicado!
Julián Marías, en una conferencia dictada en Madrid en los años noventa, subrayaba el absurdo de pretender definir mejor las cosas a base de una mayor precisión milimétrica. Recuerdo oírle decir: “Si afirmamos por ejemplo que la distancia entre Madrid y Sevilla es de tantos kilómetros, tantos metros, tantos centímetros y así hasta los milímetros… eso, aparte de absurdo, es una falsedad. No son realidades exactas. En todo caso, lo será la distancia entre dos puntos milimétricos imaginarios en una línea recta imaginaria. Pero decir que entre Madrid y Sevilla hay tantos milímetros, eso es directamente mentira. Como medir en gramos el peso de una persona, que varía continuamente”. Se diría que hablaba de lo que en estos días nos hemos enterado: que el balón con el que se juegan los partidos lleva dentro un sensor que por lo visto capta si le roza un cabello humano… Con aparatos “científicos” de milímetros y micras quieren hacer más “justo” el juego, ¿qué juego?, deteniendo la acción para que una pantallita dictamine lo que los ojos no vieron.
Pero esto nos lleva a esa idolatría de la técnica, a ese dogma inapelable del “Científicamente comprobado” (frase que no admite discusión), que es, como han dicho algunos, “la forma moderna de la magia”. Esto merece tratarse aparte otro día.
Creemos que esa es la explicación última del relativo desinterés popular hacia este “Mundial” (también tenía gracia el peculiar sentido que se le daba a esta palabra… “el mundial” significaba una cosa, “la mundial” otra). Siempre estará bien ganar, sí; es reconfortante que se mantenga un poco de patriotismo. Pero la emoción del “juego” como tal, eso ya simplemente apenas existe.





