Una de las primeras decisiones que casi todos hubimos de tomar en nuestra vida, fue la de elegir la rama de estudios con la que íbamos a continuar nuestra formación académica, aunque dada nuestra corta edad, en la mayoría de los casos lo hacían nuestros padres por nosotros. Los que seguimos la ley de Educación de 1953 (Ruíz Giménez) teníamos que optar entre Ciencias o Letras a los catorce años ( ) una vez superada la reválida de cuarto de bachillerato elemental. Hoy día, con la legislación actual, los alumnos deben dilucidar si continúan con la rama de Ciencias, de Humanidades o de Sociales, a los 16 años.
El argumento dominante a la hora de elegir, ha venido siendo la empleabilidad, es decir, las posibilidades de trabajo que tenían las distintas carreras a las que se accede desde cada rama. También ha influido el criterio de la huída: ¡cuántos han entrado en Humanidades huyendo de las Matemáticas! Sin olvidarnos de ese profesor, que nos hizo odiar o amar una determinada asignatura y que influyó sobremanera en aquel momento.
Ese cruce de caminos en nuestra formación académica, nos ha conducido a una separación de saberes que ha derivado en especialistas, en muchos casos ignorantes de algunas ramas del conocimiento que, en ocasiones, resultan imprescindibles para nuestro día a día.
Echamos en falta a personas que adopten una visión holística, es decir, que analicen los eventos como un todo que trasciende a la suma de sus partes. El ejemplo más evidente es el propio ser humano, donde lo psicológico y lo fisiológico son inseparables, hasta el punto de que el enfoque dominante en la Medicina actual sea el psicosomático.
“El médico que sólo sabe medicina; ni medicina sabe”, es una conocida frase que se le atribuye equivocadamente a Louis Pasteur, pero que en realidad es del polifacético médico español José de Letamendi y Manjarrés (1828-1897); académico, colaborador en varias publicaciones médicas y defensor del humanismo en la medicina, que cultivó también la poesía, la música y la pintura, además de escribir más de mil artículos y varios libros.
Pues bien, los planes de estudio, tanto de bachillerato como de los grados universitarios, parecen olvidar esta evidencia y nos encontramos con alumnos de Humanidades que tienen dificultad para calcular un tanto por ciento, alumnos de Ciencias incapaces de traducir una frase del latín, o de Sociales que acaban el bachillerato sin ponerle tilde ni a su propio nombre.
La situación no mejora en la Universidad, donde por poner ejemplos que me son familiares, los estudiantes de Administración de Empresa no reciben formación en Derecho Administrativo (¡como si no fueran a relacionarse con ayuntamientos, autonomías o Administración central!); egresados de Finanzas y Contabilidad desconocen las clases de avales, o estudiantes de Economía terminarán sus estudios sin haber oído hablar de Responsabilidad Social Corporativa ni de Ética empresarial.
La realidad se impone, y no son pocos los que buscan formación complementaria al salir de los centros universitarios, al ser conscientes de sus carencias en materias que les son necesarias para desempeñar sus cometidos: Idiomas (hay quienes esperan a terminar su último año de universidad para obtener el nivel B1); protocolo (se asombrarían ustedes al ver como hay muchos estudiantes que desconocen que el pan se sitúa a la izquierda en una mesa); hablar en público (en Italia la mitad de los exámenes son orales y en España hay alumnos que terminan su carrera sin haber hecho ninguno); etc., etc.
Estos antecedentes nos han conducido a que los científicos se lamenten de las dificultades que encuentran para comunicar los resultados de sus investigaciones a la gente corriente, fuera de sus gráficos y la terminología propia de su jerga, y a que los humanistas estén aturdidos ante la avalancha de tecnología que parece querer invadir todos los campos del pensamiento y ver cómo se menosprecia a la Filosofía, la Historia o la Literatura.
Afortunadamente, se vislumbra una nueva corriente social donde proliferan los ensayos que, en mayor o menor medida, fusionan las perspectivas científica y humanística para lograr esa visión holística a la que antes me he referido. El mundo editorial está volcado desde hace algún tiempo en la publicación de títulos que aúnan ciencia, arte y letras. Buenos ejemplos de ello son best sellers de los últimos años, como las obras de Yuval Noah con su mega éxito “Sapiens” a la cabeza (editorial Debate) y el fulgurante “El infinito en un junco” de Irene Vallejo (editorial Siruela).
Es por todo ello, por lo que les invito a adoptar una nueva mirada, donde la ciencia, la tecnología, las artes y las letras, pasen a ser como hebras que se entrecruzan con muchas otras, de distintos orígenes, para fabricar el complejo tejido de la realidad.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Totalmente de acuerdo, no lo has podido expresar mejor. Comentar que tú eres de los profesores que hacen amar la asignatura, que tienes ese don que con pocas palabras transmites el mensaje correcta y adecuadamente.
Fue un privilegio tenerte como profesor.
Muchísimas gracias por todo lo que me enseñaste.