Boca prestada. Por @eu_leon
Permitan que escriba estas líneas al hilo, o mejor dicho, a la estela fulgurante de un artículo reciente del poeta Gonzalo Gragera para la cadena COPE. Uno aún tiene esa edad en la que le son más útiles los poetas de cabecera, para los asuntos y malformaciones cardíacas, que los galenos con esa especialidad, y el citado es uno de los integrantes de mi equipo lírico habitual. El texto en cuestión se llama Escritores Torrija. Ya les advertí al principio de la brillantez de aquellas letras; y el título que las encabeza corrobora aquel talento. Señala Gragera allí, a toda esa pléyade de escritores de temática cofradiera que han ido surgiendo por doquier en nuestra ciudad. A mí, como a aquellos progres de atrezo a los que la música militar nunca supo levantar, la letra morada apenas me ha conseguido interesar con las escasas excepciones, entre otras, que las que recoge Paco Robles en su Antología Literaria de la Semana Santa, de Ediciones Signatura. Sostiene el escritor y periodista de la Puerta la Carne, que nuestra Semana de Pasión ha sido muy maltratada -literariamente hablando-, y recopila en ese libro algunos de los autores que han dignificado la literatura cuaresmal. Manuel Machado, Cernuda, Laffón, Villalón, Burgos, Colón, Ignacio Camacho, Romero Murube, Aquilino Duque, Lamillar o Rodríguez Buzón; son algunos de los que, según Robles, han escrito las páginas más brillantes de nuestra semana mayor. Nada que ver con ese obrador de bollería industrial que forman la práctica generalidad de la llamada ‘blogosfera cofrade’ actual. La mayoría de ellos incumplen una regla, a mi juicio básica en el escribir, que consiste en haber leído cien veces o más que escrito. Con más fervor que vergüenza los hay que enjaretan párrafos melíferos y soporíferos, con retorcidos textos preñados de adjetivaciones y lugares tan comunes como tiene la propia carrera oficial. Escriben como si lo hicieran en el vaho de un espejo, es decir, para leerse a sí mismos; entonan emplumados una y otra vez el mismo anhelado pregón y engolan frases en un recargado ‘horror vacui’ contra la austeridad gramatical. Se aplauden y felicitan unos a otros tal que esas cuadrillas de costaleros se besan y abrazan en cada relevo, como si en vez de salir de debajo de una canastilla volvieran de la guerra de África. Ahora, con la profusión omnipresente de las redes sociales, lo que antes era una impresión en algún boletín de hermandad o si acaso, un ignoto artículo de relleno en prensa, se ha convertido en un ir y venir, en un continuo compartir consanguíneo al modo de la tomatina de Buñol o mejor aún, de aquellas guerras de merengazos del cine antiguo. Pero lo peor de todo es cuando, envalentonados por el palmeo y el halago del resto de la cuadrilla, se lanzan a la poesía… Con unas métricas necesitadas de ortopedia -por aquello de la cojera-, donde azotando a la versificación más primaria, amasan, cortan y pegan como Dios les da a entender, rimas imposibles y capaces de sonrojar al rapero mas transgresor del Bronx. Servidor, que sólo aspira con sus torpes letras a hacer más liviano el tránsito intestinal al lector de retrete, quizás no sea el más indicado para señalar a nadie por juntaletras. Pero alguien tenía que hacerlo tan mal como yo para que Gragera, tuviera así más razón, aún.





