En este mundo espídico en el que cuando miras por la ventanilla te has pasado tres provincias en lo que actualidad se refiere, parece que haya pasado ya una eternidad, pero oigan, yo paso por aquí un día a la semana y desde el miércoles pasado tengo la impresión de estar haciendo una crónica histórica más que un artículo de opinión.
Ese miércoles, mientras cerquita de mi casa, en el Sánchez-Pizjuán, aún estaban recogiendo los bártulos de una final europea para la que hicieron un montaje audiovisual propio de un festival, allá por los Alpes empezaban a recoger otro similar. Dos grandes espectáculos (quedémonos con ese primer juego de palabras) en los que, al día siguiente, quedaban quejas por todas partes.
Europa League y Eurovisión, euro por todas partes. Ya dijo la Disney cuando cambió el nombre de su parque parisino que a los gringos el prefijo euro les suena romántico, elegante, casi mágico y medieval: perfecto para el mundo de fantasía que pretenden recrear en sus espacios; sin embargo a los propios europeos, a fuerza de décadas en las que a todo lo que pusiese “europa” se antecedía o continuaba con términos económicos (presupuestos, subvenciones, fondos, etc); esas cuatro letras suenan a dinero y negocio. Pero, sobre todo, no deja de sonar a chovinismo. Resulta que la forma en que se pretende fomentar la cohesión europea es poner a los estados-nación que la conforman actualmente a confrontarse, ya sea en competiciones deportivas o concursos “«culturales»; y permítanme que le ponga comillas castellanas, cursiva y hasta interrogación podría llevar, porque pasa del eufemismo al más descarado sarcasmo.
Ahí estaba una buena cantidad de audiencia viendo un concierto muy largo de artistas generalmente desconocidos, simplemente por hacer tiempo hasta que llegue lo de las puntuaciones y las votaciones, ese ritual que demuestra cada año las alianzas y rivalidades de la geopolítica europea en el que, como una tanda de penaltis tras agotarse una prórroga extenuante, todos llegan con los nervios a flor de piel deseosos de que ganen los suyos. Ahí, ya digo, creando lazos.
Daría igual que, en un milagro, Gran Bretaña resucitase a Freddie Mercury y John Lennon y entre ambos instrumentasen una nueva composición: nosotros tenemos que ir con los nuestros, ya sea que nosotros presentemos a Cañita Brava, que ha publicado nuevo single, por cierto. Genio total.
Este año tocaba llevar un culo porque no salió llevar una teta, déjenme también que en esto no profundice más, ni añore étnicas panderetas, ni siquiera lamente haber perdido la oportunidad de poner a Megara haciendo buen Rock delante de millones de eurofanes —RAE dixit— entre los que alguno tendrá oído, digo yo.
La cuestión es que al día siguiente, todo el que se ponía banderas ucranianas en su perfil de RRSS se escandalizaba por un resultado tan cantado como la temática del festival, y el españolismo más rancio se apoderaba, cual Pazuzu gutural; de jóvenes y progres voluntades. Yo con estas cosas me parto, de verdad. Banderas de quitaypon siempre las ha habido, ahí tenemos la Jolly Roger, igual que patriotismos intermitentes; pero ese chovinismo en el que se defiende el bodrio choni de Chanel, con su ininteligible letra, ausente melodía y coreografía superada por cualquier equipo de cheerleaders de High School de Minnesota solo porque son “los nuestros” me parece, en resumen, todo lo contrario a lo que se pretende “ser europeo”.
Mucho más lógico me parece que los béticos, con el mismo criterio que yo compartí para declarar que en la Final de la Cartuja prefería que se diese el resultado que se dio; fueran con el Eintracht en el otro espectáculo o festival europeo que refiero —la Final de Nervión—, y con ello demuestro ese chovinismo: “ya que a los míos les ha ganado este equipo, prefiero que sea ese el que gane el torneo”. En ocasiones, el simple orgullo lleva a la admiración y de ahí al hermanamiento que se supone pretensión europea. Nada, además, que no ocurriese ya de forma muy parecida entre Schalke y Sevilla.
En realidad yo quería hablar del «precioso» ambiente (de nuevo comillas y cursiva) que ha dejado en Sevilla esa inyección económica de escoceses y alemanes, entre los que yo no vi muchos millonarios, ya que estamos; pero ya he dicho: cuando miro las noticias se han convertido en pretérito remoto.





