Las primeras páginas del gran ensayo “El otoño de la Edad Media” de Johan Huizinga, escrito hace justamente cien años, y evocando cómo debía haber sido la vida en Europa otros quinientos más atrás, están cargadas de un tono poético que no le quita ni un milímetro de realismo a lo atinado de su reconstrucción.
Inigualable el comienzo, “Cuando el mundo era medio milenio más joven, [ya sólo esa subordinada interpelaba al alma. No son antiguallas los siglos pasados, al contrario, literalmente eran mucho más jóvenes que el presente…] tenían todos los sucesos formas externas mucho más pronunciadas que ahora”.
Sigue: “Las grandes contingencias de la vida –el nacimiento, el matrimonio, la muerte- tomaban con el sacramento respectivo el brillo de un misterio divino. Pero también los pequeños sucesos –un viaje, un trabajo, una visita- iban acompañados de mil bendiciones, ceremonias, sentencias y formalidades”.
Centrémonos en la segunda idea: los pequeños sucesos. En fin, las palabras de Huizinga son las mejores: “Todo acontecimiento, todo acto, estaba rodeado de precisas y expresivas formas, estaba inserto en un estilo vital rígido, pero elevado”.
Si ya en 1923 esta era la evocación de un mundo europeo desaparecido, ¿qué puede decirse de su lectura en 2024? Pues curiosamente, en el esplendor de una Plaza de la Maestranza llena, diríase que únicamente allí subsiste ese mundo en el que cada acción está revestida de ceremonia y formalidad. El detalle de los alguaciles solicitando la llave del toril, el presidente de la plaza que se la arroja, y luego se lleva, a lomos del caballo, a la puerta correspondiente… ¿es “necesario” eso, a ojos modernos? Bueno, no es ni necesario ni no, es que se hace así.
Para que una formalidad se mantenga viva y no chirríe, es preciso, eso sí, que se haga con cierto laconismo y sin demasiados ruidos. Con pesar, vienen a la memoria otro tipo de “ceremonias” que debían ser aún más bellas y nobles, por estar relacionadas indiscutiblemente con lo sagrado, y que sin embargo, a fuerza de ser exaltadas, retransmitidas, grabadas y archicomentadas, se han vulgarizado, han perdido su valor de algo escueto y simbólico. Pensamos, sí, en tantas cosas de la Semana Santa, por ejemplo en la petición de la venia para pasar que deben hacer las cofradías en la Campana. Una pensaba que esto era algo conciso y lacónico, una formalidad. Sólo en época recientísima, debido a la ubicuidad de las retransmisiones a cada centímetro, nos enteramos, con horror, que de escuetas no tienen nada. A la petición del primer nazareno de la Borriquita no se le dice “venia concedida” (lo que estas cosas ancestrales piden, la hermosa solemnidad de las fórmulas breves), sino que se le suelta un “Enhorabuena, queridísimo nene o nena, me recuerdas a mi infancia que yo hice lo mismo que tú, y te deseo una felicísima estación de penitencia y qué bien lo estás haciendo, y eres un campeón…”. Todo pathos desaparece ante este besuqueo. ¡Y se estrechan manos… lo que menos podíamos imaginar que sucediera!
Claro que, ¡qué vamos a esperar! Si hasta la elección de un nuevo Papa ya ha perdido aquello que sabemos que sucedía pero que nunca hemos vivido, del “Habemus Papam”. Cuando parecía llegada la ocasión, empiezan con un banal “Queridos hermanos y hermanas en diversos idiomas”… en fin, un “queridos nenes”.
Pero en fin, no íbamos a haber la lista, deprimente e interminable, de las solemnidades desaparecidas. Más bien a constatar, con alegre asombro, las que, donde menos se esperaba, siguen vivas.
Los alguaciles, el paseíllo, las llaves; la ubicación de cada uno, los pañuelos, los avisos, adónde va la montera. Un lenguaje simbólico, escueto, lacónico, exento de palabrería. Y que todos entienden y ante el que todos reaccionan.
“El otoño de la Edad Media”.
Algún destello llega, aun en 2024, del esplendor de la civilización que tuvimos.





