Perdonad, pero las entrañas se revuelven cuando uno se pone a escribir de algo que conduce por derecho hasta la memoria. El título elegido no podía decir más con las tres palabras de siempre: casas de vecinos. Hoy son una reliquia, una pérdida a la que nos hemos acostumbrado. Las casas de vecinos viven en el mundo soñado, pero han desaparecido de nuestras costumbres. De esto no hay ninguna duda.
Yo me acostumbré a las casas de vecinos por una cuestión personal: yo vivía en una de ellas. Por tanto, si había alguien destinado a vivirla, a situarse entre sus muros, ese sería yo mismo. Recuerdo el gran patio de una casa palacio del siglo XVII, con sus pasillos llenos de viviendas, con una o varias familias ocupándolas, incluso con tres habitantes viviendo en el hueco de la escalera.
Hoy todos los habitantes de esa casa de vecinos hemos salido de allí. Incluso hace muchos años. En septiembre de 1971 cada familia salió de sus muros con lo puesto, dejándose entre ellos lo más esencial de la vida misma. Yo me fui, abandonando mi infancia como se olvida uno de los mejores años que vivió, de un mundo lleno de ilusiones que se pondría a madurar, poco a poco, con la inevitable certidumbre de la nada. A eso estábamos abocados. Sin remedio alguno.
Recordarla me ha traído el olor de siempre, el aroma de un niño envuelto en las palabras de su madre, en la libertad de ser lo que uno quisiera ser por encima de todas las cosas. Allí estaré cuando me llegue el último instante, que no será doloroso, sino placentero y lleno de los sabores, de los olores que me traerán los recuerdos. Se acerca eso, si bien no sabemos cuándo ha de ser. Cuando llegue, podremos decir que el niño ha tocado la felicidad con sus manos.





