Las novelas siempre reflejan las costumbres de una época, y más aún precisamente mientras menos lo pretenden. Aun la novela histórica, que se ambienta en otra época; las de ciencia ficción, las que imaginan un mundo distinto, todas hablan, más que nada del momento y lugar en que fueron escritas.
Se podría hablar extensamente sobre el desprecio hacia tantos novelistas del siglo XX, tanto de España como de otros países; la fácil descalificación de los mismos (“es de tinte conservador”, es la frase lapidaria con la que Wikipedia justifica el dedicar sólo dos líneas lacónicas a escritores que gozaron de enorme popularidad en su momento… repetimos, en España y fuera de ella), la absoluta falta de curiosidad por asomarse a ellos (¡cuando hay tan poco que perder, y tanto que ganar!)…
Si se mencionara a Carmen de Icaza, cosa ya exótica, lo más probable es que se le pusiera un calificativo en el mejor de los casos condescendiente – como novelista “rosa”, y por supuesto “conservadora” y etc.
Pues, ¿qué vamos a decir? La riqueza de matices, la profundidad psicológica, el realismo, la supina habilidad de hilo conductor de la narración, todo eso en novelas como “La casa de enfrente” o “Las horas contadas” o “Yo la reina”… pues ya podrían envidiarlo miles de novelas contemporáneas.
Y, ¡cuántas cosas se aprenden, se deducen!
En la vida real, a veces se oye el comentario de que “antiguamente, las novias se casaban vestidas de negro”. Esto causa extrañeza en muchos, ¿un vestido de novia negro? “Si se es tan enemiga del matrimonio como para recibirlo vestida de luto, entonces ¿para qué casarse…?”.
Leyendo la novela “Las horas contadas”, ambientada en una Mallorca irreconocible, se deduce la explicación. Pero esto puede aplicarse a Mallorca y a casi cualquier parte, en épocas pasadas. Como recuerda Julián Marías (en su pequeño libro “La justicia social y otras justicias”, aparte de mencionarlo en mil otras ocasiones), pues el estado natural de la humanidad a lo largo de casi toda su historia era la pobreza – o una austeridad que hoy llamaríamos pobreza. En esas circunstancias se edificaron catedrales y castillos, en esas circunstancias se crearon las Universidades… El bienestar físico individual no existía ni tampoco era el ideal confeso de nadie.
Pero volviendo al asunto de los vestidos de novia: la inmensa mayoría de las mujeres sólo poseían, con suerte, un vestido bueno, y que solía durarles toda la vida y aun heredarse. La dádiva de algún protector, un golpe de suerte o de fortuna, podía ser la ocasión de hacerse con tal prenda. Si se podía disponer de un solo vestido de calidad, se elegía uno de seda negra que sirviera para la Semana Santa – esto era lo más importante. Y en fin, si llegaba la hora de casarse, pues una recurría lógicamente a su mejor vestido: el de Semana Santa. El único elegante, decoroso y solemne. No es que específicamente “se eligiera un vestido de novia negro”. Es que una se ponía lo mejor que tuviera, y lo mejor, por fuerza, debía ser el atuendo de Semana Santa.
También el único libro que poseían millones de hombres y mujeres durante siglos era un devocionario “de Semana Santa”. Era lo más importante.
Hace ya años que algunos recibimos reproches “por no haber visto la película de La Pasión de Mel Gibson”, como si esa omisión incapacitara para comprender la Pasión de Cristo. Si a muchos ha instruído para bien esa película, pues espléndido. Pero resulta tremendo que la incapacidad de leer, la falta de imaginación y la ausencia de sensibilidad se den tan por sentados.
Cuando simplemente asomarse a la civilización europea, en cualquier detalle, en cualquier rincón, en las ennegrecidas estaciones de Vía Crucis de una iglesia flamenca, o polaca o siciliana, o hasta en una novela de Carmen de Icaza… en cada costumbre y tradición y disfraz de Carnaval y misal tirado por los suelos en un mercadillo, en cada rincón se puede observar que dos mil años de Historia de Occidente no han sido sino un continuo comentario a la Pasión de Cristo, que no se termina de asimilar…





