A estas alturas, la mejor noticia de la presentación de un cartel es que no sea polémico, es que sea cartel. Así ha pasado con el del Consejo de Cofradías para la próxima Semana Santa. Es muy clásico, pero es que la Semana Santa lo es. El cartel tiene el mérito de ser lo de siempre, pero es que nada le sienta mejor a Sevilla que su vocación por ser eterna. Las largas e interminables colas de turistas no están en las Setas, sino en el Alcázar. No soy inmovilista, pero hay unas cuantas cosas de la vida que me gusta encontrar invariablemente donde creo que tienen que estar. La Semana Santa es una de ellas.
En la Semana Santa de Sevilla ser lo de siempre tiene un gran valor, un valor añadido, sobre todo cuando evoluciones artísticas, como las de Rodríguez Ojeda, la llevaron a un cenit estético propio de seguir el consejo juanramoniano: “No la toquéis más, que así es la rosa”. Y como dijo uno de sus pregoneros, la Semana Santa de Sevilla es una hermosa anacronía.
El cartel de este año es obra de Pepillo Gutiérrez Aragón. Emana de la mejor tradición. Ha cogido el viejo lápiz de las antiguas ilustraciones de solera, como si nos hubiera hecho en 2018 el regalo del regreso de las históricas revistas de primavera. Ha dibujado con sabor añejo de “Amor” y “Calvario”. Trae la tintada de los mejores talleres de gráficas, como las del Sur o San Antonio.
Sustenta la visión -y hasta la imaginación- de la Semana Santa en tres elementos que la muestran en esencia, sólo tres, sin dispersarla ni desconcentrarla, sin collages saturados que impiden un anuncio rápido y directo. Figura Jesús de la Pasión maniatado y con túnica bordada, como protagonista principal en tamaño, en primer plano sobre un fondo sentimental y luminoso con la cruz de guía tan característica y evangélica de la Hermandad de la Vera Cruz, sumándole a su eje el perfil del Cristo estudiante de la Buena Muerte. Hasta las letras evocan los caracteres de los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo. El color y la composición podrían ser un auténtico tributo a los montajes que con sus propias fotografías hacía Serrano. No cabe duda que el autor tiene bien interiorizada la esencia más clásica de la Semana Santa de Sevilla; y también queda de manifiesto que ha dirigido honradamente su elección como artista para publicitar a aquella que fue llamada muchas veces nuestra Semana Mayor, no para aprovechar la promoción de su firma a costa del escándalo.





