#BocaPrestada
En estos días caniculares, diríase que el llamado carril bici de Sevilla no fuera obra del anterior gobierno bolivariano sino de Federico Fellini. Y es que, aquellos que pertenecemos a una añada previa a los setenta, tenemos una especial deriva a la observación furtiva de señoras y señoritas en la calle. Me estoy refiriendo, claro está, a los escasos militantes activos en la heterosexualidad, que viene a ser algo así como una antigua orden medieval de caballería o una asociación de criadores en cautividad de mariposas asiáticas; una actividad en franco retroceso entre la población más o menos masculina.
Si el fisgón es escrupulosamente atento, observará que la imagen de la mujer en bicicleta por las vías de la ciudad es de una gran belleza plástica. Y con su carga erótica, oigan. La ciclista joven, nativa o extranjera, pedalea con soltura sin importarle la visión ofrecida al público. Las señoritas, y no tanto, con minifaldas ofrecen al desplazarse un amplio (es un decir) catálogo de lencería íntima. ¡Es la concupiscencia carnal o el muslo cual biela transmisora del pecado que habita sobre dos ruedas!, que diría algún presbítero predicador, en ejercicios espirituales para adolescentes, con la voz engolada y salivosa…
Luego están las señoras de cierta edad que pedalean azoradas por el revoloteo de las faldas; siempre con una mano sujetando a duras penas el vuelo del vestido y la otra el manillar, en un difícil ejercicio acrobático de zigzagueo que ha producido más de un encontronazo con el viandante o con algún elemento del mobiliario urbano luminiscente, vulgo farola.
Otras, más resueltas, llevan un discreto bolsito en bandolera que colocan pudorosamente entre las piernas a modo de casto escapulario inguinal o “detente mirada” mientras, al pasar, la holgura de las enaguas ofrece al avispado observador matriculaciones traseras inolvidables.
Las hay que detienen la pedalada a la altura del mirón, dejando una pierna convenientemente estirada mientras continúa la inercia del avance para reanudar el mismo unas vez pasado el peligro del ojeo furtivo.
Casi todas por efecto del calor, entendido como ambiental, se remangan el vestido como si de los faldones de un paso en cuaresma calurosa se tratase, para permitir la refrigeración -por aire- del motor que mueve al mundo… Algunas, por efecto quizás del mal estado del carril bici, acusan más la vibración del bache en el duro sillín, ofreciendo el gesto compungido del gregario ciclista al final de una etapa alpina.
Pero todas se recomponen dignamente la figura al aparcar el biciclo, ajenas al espectáculo ofrecido. Y, como en aquella película del gran erotómano italiano Tinto Brass hicieran el dúo de seminaristas, dan ganas de besar discretamente el sillín, apenas tibio todavía, de la bicicleta en reposo.
Publicado en el desaparecido XYZ.





