Hubo un tiempo en que el coche era el símbolo máximo de la libertad individual, algo asociado a la estabilidad laboral. Un motor, cuatro asientos vacíos y un conductor solitario recorriendo el asfalto cual jinete en la llanura. Sin embargo, esa imagen de «llanero solitario» está empezando a parecer un anacronismo. El carpooling (uso conjunto de un coche particular para el mismo viaje por varias personas, expresión anglosajona que muchos prefieren a la cacofonía de coche compartido) ha dejado de ser una alternativa anecdótica en universitarios sin presupuesto, para convertirse en la piedra angular de una movilidad que no tiene vuelta atrás.
Las cifras no engañan, y son, como poco, alarmantes. En la mayoría de las ciudades europeas, la tasa de ocupación media de los vehículos privados es de apenas 1,2 personas por viaje. Les invito a comprobarlo fijándose en los coches que se crucen en cualquier trayecto. Esto significa que movemos toneladas de acero y cristal para transportar, esencialmente, aire.
Esta ineficiencia, este derroche de recursos para realizar un viaje, ha llegado a un punto de saturación. El carpooling surge no solo como una elección ética, que lo es, sino como una necesidad estructural. No es un cambio de hábito pasajero, una moda más de la economía colaborativa: Airbnb (alojamiento), BlaBlaCar (transporte), Wallapop (segunda mano), y Coworking (espacios de trabajo); es el ajuste lógico ante un sistema que ya no puede sostener más vehículos en las calles.
¿Por qué podemos afirmar que el carpooling no es una moda? Porque se apoya en tres fuerzas poderosas que están reconfigurando nuestra sociedad:
Una: el exceso de CO2 en las ciudades. No discutimos sobre el cambio climático, sino sobre cómo mejorar el aire de nuestro entorno. El sector del transporte es responsable de casi el 25% de las emisiones de CO2 en la Unión Europea. Compartir coche permite reducir drásticamente la huella de carbono individual y disminuir la congestión de tráfico, lo que a su vez reduce el tiempo de ralentí y la contaminación urbana.
Dos: la democratización tecnológica. Hace unos años, confiar en un extraño para un viaje de 300 kilómetros era una apuesta arriesgada. Hoy, los algoritmos de confianza, los sistemas de reseñas y la geolocalización en tiempo real han eliminado la fricción. La tecnología ha convertido la confianza social en una moneda de cambio digital seguro y eficiente.
Tres: el factor económico. El coste de mantener un vehículo (seguro, combustible, mantenimiento, garaje en su caso…) ha subido exponencialmente. En un contexto de inflación, el carpooling transforma el coche de ser un motivo de generación de costes en un activo de gastos compartidos. La lógica del ahorro es, probablemente, el motor más imparable de esta transición.
Estamos viviendo el paso del tener al acceder, de la propiedad al acceso. «No tendrás nada y serás feliz» (en inglés, You’ll own nothing and be happy) es una frase originada en un ensayo de 2016 del Foro Económico Mundial (WEF), escrito por la política danesa Ida Auken, que describe un futuro de economía colaborativa donde los bienes se alquilan en lugar de poseerse, aunque se ha convertido en una crítica común hacia el WEF por supuestamente promover la eliminación de la propiedad privada y la precariedad.
Al igual que ya no compramos CDs porque tenemos servicios de streaming, las nuevas generaciones ya no aspiran necesariamente a poseer un coche, sino a desplazarse de forma eficiente: No necesito el objeto, sino el servicio que me presta.
El cambio es irreversible porque nuestras ciudades se están rediseñando bajo esta premisa. Los carriles VAO (Vehículos de Alta Ocupación, como el que hace poco se estrenó en Mairena del Aljarafe), las restricciones en los centros urbanos (mover el coche particular en la ciudad se está convirtiendo en el último recurso) y las zonas de bajas emisiones, están empujando al conductor solitario hacia la extinción. De hecho, la nueva ley de movilidad sostenible, vigente desde el pasado mes de diciembre en España, exige a las empresas el impulso de los desplazamientos compartidos al centro de trabajo (carpooling corporativo o autobuses de empresas).
El carpooling no es solo una forma de ahorrar dinero o contaminar menos; es un acto de civismo moderno. Es entender que el espacio público es limitado y que la movilidad eficiente es un derecho colectivo que debemos proteger.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





