Siempre he sido un provocador de la vida que ha buscado retarla para hacerse con su grandeza.
Un día le dije a Raphael:
-La vida procura hacerse todos los días la tonta con nuestros deseos y sueños. Intenta que te canses de pedírselos, que entre el amanecer y la llegada de una nueva noche te conformes con irte otra vez a la cama. Y como se decía aprendiendo a dividir, cero al cociente y se baja la cifra siguiente…
El cantante me entendió a la perfección y me replicó:
–A la vida hay que decirle todos los días: “Oye, ¿qué pasa con lo mío?”.
Ese inconformismo innato, ese meterme sin miedo en todos los líos habidos y por haber, me ha llevado por mis mejores aventuras. A lo único que le tengo miedo, hasta pánico diría, es a la normalidad y a la gente cómoda en ella.
Una tarde de los años ochenta me llamó por teléfono mi gran amigo Daniel Pineda Novo, el académico:
-¿Tú puedes llevar esta noche a Carmen Sevilla al Festival de Cine?
–¿A Carmen Sevilla dices?
-Sí, sí; a Carmen Sevilla. La recoges con tu coche en los soportales de la calle Pastor y Landero, los soportales del Mercado de Entradores, y la llevas al Casino de la Exposición, que allí se clausura el Festival Internacional de Cine de Sevilla.
Yo no había visto nunca a Carmen Sevilla, en persona quiero decir. La conocía como todo el mundo. La conocía porque se trataba, por muy de últimas generaciones que yo fuera entonces, de quien había rodado sus películas junto a leyendas como Charlton Heston, Luis Mariano o Jorge Negrete, la conocía porque había enamorado a medio mundo y parte del otro, a Sinatra, Cantinflas, Arruza el torero… La conocía de su boda con Algueró, de sus anuncios televisivos para Philips, de sus discos con suave y envolvente voz, de cantar lo de Carmen de España -que ella personificaba como nadie-, la conocía de mis estampitas de famosos como uno de los rostros más bellos de mujeres que haya dado nuestro cine, y por conocerla la conocía hasta de sus valientes destapes cuando llegó la Transición. En resumen, Carmen Sevilla era Carmen Sevilla. Una estrella. ¿A qué explicarse uno más? ¡Y yo iba a llevarla en mi coche! ¡Y me la iba a encontrar esperándome!
Por aquel tiempo y en aquella noche Carmen Sevilla no era aún la del Telecupón, cuando quien tuvo retuvo. Todavía conservaba un imperio en belleza. ¡Qué guapa cuando la tuve tan cerca, justo en el asiento de al lado del conductor… y el conductor era yo!
Jamás olvidaré su perfume -si es que ella en sí no era ya un perfume-, ni cómo la miraba de reojo ensimismado con el amplio escote de su vestido. Era como llevar la pantalla de cine metida en mi humilde Simca, con el que recorrí el Paseo Colón como si fuera la cinta con créditos de una de sus películas.
Cuando divisé como un intenso azogue de luces blancas la puerta del Casino de la Exposición, con los potentes focos y flashes de la televisión y los fotógrafos que esperaban la llegada de Carmen Sevilla, le advertí a mi famosísima acompañante:
–Carmen, con este coche no vamos a llegar hasta la entrada; este coche no está para dejarte ante la alfombra roja de un festival de cine. Aparcaremos en otra parte y nos acercaremos andando.
-Este coche está muy bien, me dijo educadamente la Sevilla.
Pero volví a mi idea y me atreví a contradecirla:
–Este coche está muy bien para un estudiante, pero para que te bajes de aquí ante las cámaras, ¡ni hablar!
Y es que en comparación con la de Carmen Sevilla, mi vida no era más que un afortunado y fugaz cruce de caminos entre mis pasos anónimos y los de un mito. Mi humilde coche, sin esas larguras ni anchuras que suele gastarse el glamour, no me dejó sin embargo tirado en la insensatez. ¡Y mira que hubo motivos para perder la cabeza junto a una mujer como Carmen Sevilla!





