“El Guadalquivir es el río de Sevilla,
mi ciudad de nacimiento, que me lleva a Sanlúcar de Barrameda,
mi otra ciudad, donde comencé a pintar y a soñar”.
Carmen Laffón.
El pasado jueves se cumplieron tres años del fallecimiento de la pintora Carmen Laffón. Hace tres años se secaron los pinceles que mejor dibujaron las cosas de Sanlúcar, las cosas perennes e inmutables de Sanlúcar de Barrameda. Que eso era Carmen Laffon —una de aquellas niñas que sufrieron la guerra desde tan cerca—, la pintora del río, de Doñana y del caserío blanco del pueblo donde muere el Guadalquivir para que nazca el Océano Atlántico. Una cosa así, más o menos, como lo del pelícano que muere para dar vida tras el Cristo del Amor, cuando baja la rampla de la Plaza del Salvador.
A la pintura de Carmen, y a su persona, le sobraban todos los títulos que a lo largo de su vida fue recibiendo con infinito agradecimiento. A ella le sobraba la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio. Y el Premio Nacional de Artes Plásticas. Y lo de ser académica de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, aunque fuera la primer mujer en hacerlo, que aún se recuerda su discurso titulado “Visión de un paisaje”. No me resisto a traerles un pasaje, brillante y afinado, del texto:
“Luz que se derrama sobre este paisaje de tierra, mar, arena río, marismas, de espacios infinitos, al que me asomo una y mil veces intentando trasladar al lienzo la emoción y la intensidad de su contenido”.
—Anda… así se escribe.
A ella lo que le sobraban siempre eran colores para terminar de rematar con una media verónica al estilo Romero un cuadro —que paleta rima con muleta, según Caro Romero—, llenos de esos ramalazos únicos que tiene nuestra tierra, Andalucía, de la que fue nombrada Hija Predilecta en el año 2013.
Miró a Sanlúcar desde todas las ópticas posibles, desde todos los ángulos, desde todos los rincones. La miró, la vivió y la sintió. Y luego echó los pinceles al lienzo, que cantaba Manolo Caracol al Gran Poder por saetas, para que ellos terminaran el trabajo de mirar, ver y sentir… y vivir. Toda Sanlúcar está en su obra. Todo es río y memoria en su trabajo. Todo fue elegancia en su vida. En su obra “La Viña”, dibujos de gran formato, se inspira en el jardín de su casa en la playa sanluqueña de la Jara.
Nació en Sevilla y falleció en Sanlúcar —su colección “Vistas del Coto” es antológica—, haciendo cierta la máxima de Villalón de que el mundo se divide en dos partes: Sevilla y Cádiz. Para Carmen, mujer sencilla y gustosa de lo normal, era así. En su obra se puede ver aquello que dijo Juan Belmonte —“se torea como se es”— y que es el epitafio rotundo a una vida dedicada al arte y la cultura: se pinta como se siente.





