
Este personaje tiene su importancia por haber sido el fundador de la primera biblioteca pública de Sevilla.
Don Gaspar Molina y Oviedo fue un religioso agustino, prelado español y hombre de Estado, nacido en Mérida el 6 de enero de 1679; ingresó en la orden agustina el 14 de agosto de 1694 con 14 años, en el convento de San Agustín de Badajoz, profesando al año siguiente en dicho convento el 15 de agosto de 1695.
Estudió Filosofía y Teología en el colegio del convento de San Acacio de Sevilla por orden de sus superiores, y posteriormente fue profesor y Regente de Estudios de dicho convento.
En el Capítulo Provincial celebrado el 16 de abril de 1712 fue elegido prior del convento de los agustinos de Cádiz y en 1718 fue elegido prior provincial de Andalucía. En 1720 el Capítulo General celebrado en Roma lo eligió como asistente general de la orden para las provincias de España y Las Indias. En Roma se ganó la confianza del papa Benedicto XIII quien, con la aprobación del Colegio Cardenalicio, lo designó teólogo en el Concilio Lateranense de 1724, en representación de España. El 30 de julio de 1726 el papa lo nombró general absoluto de la Orden Agustina y poco después volvió a España. A su regreso fue calificador de la Inquisición y el 11 de septiembre de 1730 fue nombrado obispo de Santiago de Cuba por el papa Clemente XII, siendo consagrado el sábado 24 de febrero de 1731 en el convento de San Agustín de Sevilla; asimismo, el 18 de junio de 1731, fue nombrado obispo de Barcelona y el 5 de mayo de 1734 fue nombrado obispo de Málaga. Si bien, no llegó a ejercer en ninguna de las tres diócesis por hallarse en Madrid desempeñando diversos cargos políticos al servicio de Felipe V, tales como Presidente y Gobernador del Consejo de Castilla y Comisario general de Cruzada, además de general de la Orden. Es de destacar la ayuda que, desde Madrid, prestó a Málaga durante la epidemia de 1734 y la peste negra de 1738.
Por deseo de Felipe V fue consagrado cardenal por Clemente XII en el consistorio celebrado el 20 de diciembre de 1737, sin título, y la birreta cardenalicia le fue enviada con breve (documento papal) de 13 de enero de 1738 siéndole impuesta por Felipe V en la Real Capilla de Aranjuez el 17 de abril, aunque nunca llegó a recibir el título cardenalicio ni el capelo.
El 3 de marzo de 1739 el rey Felipe V, para honrar y agradecer los servicios del cardenal Molina, concedió a su hermano Juan Antonio de Molina y Oviedo el marquesado de Ureña, y el 3 de septiembre de 1741 fue consagrado obispo de Almería su sobrino fray Gaspar de Molina y Rocha, también agustino.
Murió de forma repentina e inesperada a los 65 años en la Granja de San Ildefonso el 30 de agosto de 1744 y trasladado su cuerpo a Madrid, fue enterrado en el convento agustino de San Felipe el Real de Madrid en una ceremonia en la que estuvieron presentes la Grandeza y las altas instancias del Gobierno de la Monarquía. El Consejo de Castilla celebró un funeral solemne en el mismo convento el 21 de noviembre. En 1745 fue trasladado su cadáver a Málaga y enterrado en la Catedral, y allí tiene dedicada una calle, en la zona de Las Flores.
Curioso bibliófilo logró reunir una copiosa y selecta biblioteca con preciosos manuscritos, compuesta por más de 75.000 volúmenes que, en recuerdo de sus años transcurridos en el convento de San Acacio, prometió donar a dicha institución en testamento y a la ciudad de Sevilla; pero murió sin testar y se formó un litigio entre sus propios familiares, la orden agustina y el Ayuntamiento de Sevilla. Éste argumentaba que el cardenal había manifestado en diversas ocasiones, ante testigos, su intención de donar su biblioteca al colegio de San Acacio de Sevilla para uso público de los sevillanos. Publicada la sentencia, determinó que la biblioteca pasara de Madrid al colegio de San Acacio de Sevilla, con la condición de que se “expusiera al público todos los días del año, mañana y tarde, a excepción de las fiestas de precepto y Semana Santa”.
El Ayuntamiento aportó mil ducados para el traslado de la biblioteca y quedó como patrono de la misma. De este modo, en un local anejo a San Acacio, con puerta independiente que daba a la calle Triperas ( hoy Velázquez ), abrió sus puertas a todos los lectores sevillanos la primera Biblioteca Pública de Sevilla, ( como ya mencioné al principio de este artículo ) el 6 de octubre de 1749. Su horario era, de mayo a septiembre, de 7 a 11 de la mañana y de 4 de la tarde hasta el toque del Avemaría; de octubre a abril, de 8 a 12 de la mañana y de 3 de la tarde al toque de Avemaría. La atendía siempre un fraile agustino del convento como bibliotecario que recibía una subvención del Ayuntamiento, corriendoéste con todos los gastos.
Esta biblioteca estuvo abierta casi un siglo, y, tras la exclaustración de 1835 y la expulsión de los frailes de sus conventos, la biblioteca se cerró y San Acacio se convirtió en sede de la Academia de Bellas Artes y, posteriormente, en Correos; los libros se trasladaron a la Casa Consistorial y en 1878 a la Universidad de Sevilla.
El convento de san Acacio estuvo desde 1633 en la calle Sierpes, esquina a la actual calle Pedro Caravaca (donde hoy se encuentra el Círculo de Labradores).
En la Casa Consistorial, sede del Ayuntamiento sevillano, se encuentra un retrato del cardenal Molina y Oviedo, de autor anónimo y pintado a mediados del siglo XVIII, que decoraba la biblioteca.





