Dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor y, la verdad, a medida que avanzan los días hemos de empezar a creerlo.
Los últimos acontecimientos con la imputación del humilde y solidario Zapatero, constatan el fracaso del sistema y el derrumbamiento de la democracia.
La corrupción se ha instaurado en nuestras vidas y se ha normalizado. Ya nadie se escandaliza. Quizás en el momento, pero pronto desaparece y generalmente si hay escándalo es por lo que hacen los demás.
Los dos grandes partidos, corruptos los dos, hablan, desde un pedestal moral construido con la argamasa de su podredumbre, de sus miserias y de sus delitos, sobre la regeneración democrática y lo que harán cuando gobiernen. Pero los ciudadanos ya sabemos (y quien no lo sepa es porque está, como se suele decir, o metido en el ajo o abducido), que es mentira, no harán nada, sólo repetir el mismo rol y no regenerar, sino degenerar, aún más, esta democracia que un día nos dimos y que prácticamente en su totalidad ha estado impregnada de corrupción, desde aquellos profetas siniestros que dijeron que “iban a dejar a España que no la conocería ni la madre que la parió”… y ahí, hay que reconocer, que no mintieron.
La Constitución de 1978 fue el marco legal, entre otras cosas, para establecer una forma de Estado como lo es la monarquía parlamentaria; para reconocer derechos y libertades; para garantizar la pluralidad política y la separación de poderes.
La transición culminó con la victoria del PSOE consolidando el sistema democrático y con él, la creación de una zona de confort de por vida para ellos y los suyos; echando a los señoritos de los cortijos para entrar ellos y los suyos; robando a manos llenas el dinero público para ellos y para los suyos; las oportunidades, porque se lo habían ganado, para ellos y para los suyos; la opulencia, porque lo merecían, para ellos y para los suyos; la protección judicial, por su indudable honorabilidad, para ellos y para los suyos…
Ese espíritu de concordia y reconciliación sólo fueron una cortina de humo para obtener lo que ansiaban ser: hombres del pueblo, elegidos por el pueblo, para trabajar por ellos mismos, a costa del pueblo, sin el pueblo o contra el pueblo.
Los dos grandes partidos que han gobernado, los dos, junto con las garrapatas oportunistas, separatistas, comunistas o filoetarras, han minado las instituciones para tenerlas bajo su control y evadir el mandato constitucional de la separación de poderes.
Los dos grandes partidos, los dos, junto con las garrapatas oportunistas, separatistas, comunistas o filoetarras, han luchado encarecidamente para dinamitar los valores colectivos más fundamentales, anulando la capacidad de reacción del pueblo y provocando en el mismo la desidia, la desilusión, la apatía, el miedo (algo fundamental junto al hambre para dominar al ser humano) y lo que es peor, la resignación, ese estado en el cual, por decirlo de manera entendible, te dan igual ocho que ochenta, es decir, la resignación es la asesina de la esperanza y, cuando esta última desaparece, ya no te queda nada y a muchos ni tan siquiera, les quedan las ganas de vivir.
Hablan de igualdad ante la ley, pero: ¿cómo confiar en la igualdad ante la misma si sabemos que ellos tienen un tribunal a medida para indultarlos cuando sea necesario, como lo es el Constitucional?; ¿cómo confiar en unos procesos en los que ellos quitan y ponen jueces de instrucción haciendo que las causas se demoren en el tiempo, como fue el caso de los ERES, de manera premeditada para provocar su prescripción?; ¿les juzgarían a ustedes igual que al humilde y solidario expresidente de herencias millonarias, que da mucho y tiene muy poco, amigo de narcodictaduras?
Hablan de igualdad de oportunidades, pero: ¿cuánto tienen que trabajar ustedes y cuánto ellos para acceder a una pensión?; ¿pueden ustedes acceder a puestos desarrollando una labor para la que no están cualificados?
Lo espeluznante es que nada de lo que está pasando será recordado mucho más allá de servir como arma arrojadiza política en un “y tú más”. Aquellos que sean condenados, recurrirán, tienen derecho y si pierden dicho recurso, siempre les queda el Constitucional para anular condenas y decir que esos a quienes quisieron destruir han sido siempre honorables señores que han trabajado por y para el pueblo. Ellos volverán a la opulenta vida que les pagamos todos nosotros y todos nosotros seguiremos con la escasez, la miseria, la ruina, el miedo, la resignación y, por ende, la desesperanza.
Como en la Odisea, su canto de sirenas nos está llevando sin rumbo hacia las rocas, acercándonos peligrosamente al desastre total, constatando que la democracia, o al menos esta democracia de la que nos hablan, es, en realidad, una dictadura disfrazada de sonrisa… o de cejas levantadas.
Fin de una era. Fin de un país.
… ¿Ven?, siempre hay algo que decir





