
Mayte Martín es de las figuras que salió de este festival. Primera maestra de Miguel Poveda
El Festival Internacional del Cante de las Minas tiene sesenta y tres años. Tres tenía yo cuando nació y quién me iba a decir que llegaría a ser miembro del jurado y del consejo asesor. Mando poco, pero ahí estamos. Comenzó siendo un concurso, pero ya es mucho más que un certamen prestigioso y popular: es el festival más mediático de España, el que más sale en los informativos del país. Más quisiera el Ayuntamiento de Sevilla que la Bienal fuera igual de mediática que este festival. Para los intérpretes del cante, el baile y el toque, es el concurso que da más que ninguno y no solo dinero: ganan la Lámpara Minera, el Desplante o el Bordón y trabajan tres o cuatro años por el mundo entero. Por eso van todos a La Unión: porque es una inversión. Es un festival que podría estar mejor organizado, aunque se lo montan muy bien. Si les va bien, ¿para qué van a cambiar? Manejan presupuesto y van aficionados de todo el mundo no solo para disfrutar de la música y el baile, sino del ambiente. Sin ser un pueblo bonito, el clásico pueblo minero, en los días del concurso se engalana y parece una romería. Merece la pena ir aunque solo sea por vivir el ambiente y almorzar o cenar en El Vinagrero, el mejor restaurante de la zona. Vas y te puedes encontrar a Carlos Herrera degustando un buen mero o a Juan Ramón Lucas dando buena cuenta de un revuelto de setas. Por las noches el Antiguo Mercado se convierte en la Catedral del Cante Minero, porque La Unión es cuna de estilos levantinos, aunque su origen de verdad sean Almería y Jaén. Los más grandes maestros de estos cantes han sido siempre andaluces, desde Chacón a Juan Valderrama, sin querer quitarles importancia a Antonio Piñana, Pencho Cros, Eluterio Andreu o Encarnación Fernández. Precisamente La Unión mima a los artistas de la tierra, algo de lo que también deberíamos aprender en Sevilla.





