Resulta muy hermoso y original el modo de rotular las calles que se da sólo en Andalucía, esos azulejos en negro sobre blanco, uno por letra, incluso uno solo para el signo de la eñe cuando se requiere. (El negro sobre blanco en principio es lo obvio, lo que mejor resalta a la vista… pero curiosamente cada vez se emplea menos. Cuando hay una exposición, prevalecen los textos explicativos impresos en blanco sobre naranja, blanco sobre celeste… difícilmente legibles, molestos a la vista, pero así se siguen haciendo. El negro sobre blanco se está convirtiendo en una rareza).
Y sin necesidad de poner “calle” o “avenida”, no, basta el rótulo solo, distintivo, más efectivo mientras más lacónico. (Por eso pierde tanto, en belleza y rotundidad, con esta manía de didáctica a destiempo de ponerles el añadido “Pintor tal” “Concejal cual”, en vez de dejar el nombre a secas, que es siempre mucho más expresivo).
Sí: la mera apariencia externa de estos letreros de nombres de calles da para mucho. Si lo hacemos extensivo a los letreros de nombres de localidades, más aún: la terrible moda de esas letras gigantes de aluminio o plástico duro, de colorines y enorme tamaño, ha eliminado la emoción que personas sensibles sentían al llegar a una ciudad y admirar (como observaba Proust en “El camino de Swann”) cómo el nombre de la misma, ahí puesto simple y rotundo en medio de las vías de tren, simbolizaba la ciudad toda, daba fe del hecho de haber llegado a ella.
Pero volvamos a las calles, y no ya a la forma de los azulejos, sino a la elección de nombres. Y al pasar por ciertas zonas de Sevilla puede sorprender, al fijarse en las calles y en sus nombres, el ir leyendo “Buzón”, “Estafeta” “Mensajeros” “Repartidores” “Carteros”… Pocas personas podrán sentir más simpatía hacia el gremio relacionado con los envíos de cartas, siquiera por razones históricas; pero esta nomenclatura resulta un poco chocante. No por nada; sino porque recuerda a las urbanizaciones de playa súbitamente necesitadas de poner cincuenta nombres de golpe, y, faltas de referencias históricas, recurren a jueguecitos temáticos, como nombres de peces, de mares; nombres neutros, que no aludan a nada en particular ni molesten ni den problemas –después de todo, estamos de vacaciones. En el peor de los casos, pueden tener un aire de enciclopedia infantil. Pero, ¿por qué nos choca esto un poco, en calles de Sevilla? ¿Es que tiene algo de “malo”, el nombre de “Buzón”, el de “Carteros”…?
No tiene nada de malo (más bien nos inspira simpatía; y ¡que viva el buzón, ese hermoso elemento urbano ya por desgracia en peligro de extinguirse!). Pero resulta chocante por el contraste con la vida municipal de Sevilla que, centrada siempre en lo secundario y festivo, continuamente parece estar ocupada en dedicarle una calle a este y a aquél; si fallece cualquier personaje mínimamente destacado, o aun en vida, no se habla más que de “ponerle una calle, ponerle una calle”. Faltos de espacio para tantísimo homenajeado (las molestias que se le causan al residente con el cambio de nombre de su calle no cuentan para nada; tampoco la complicación que supone un callejero en constante cambio), pues hemos recurrido a trocear las calles aun pequeñas, de manera que un mínimo tramo se llame de una manera, y el resto de otra; con un pedacito de una calle, un trozo de callejoncito aquí y allá, se consigue, cogido por los pelos, el espacio para dar ese “homenaje” que tanto entretiene a los concejales, sumidos en su mar de inauguraciones, fotografías y eventos…
Es decir: la impresión continua es que falta espacio. Las calles tienen ya sus nombres puestos de sobra, nombres históricos y señeros que no viene a cuento quitar, y para eso de “dedicarle una calle a alguien”, hay que recurrir a cortarlas a pedacitos.
Y luego, a escasísima distancia en coche, hallamos una zona donde parece todo lo contrario: sobran calles nuevas, calles, avenidas, mucho espacio, y lo que falta son ideas de nombres y se admite cualquier ocurrencia aunque sea enumerar objetos de enciclopedia infantil. ¿Hemos cambiado de ciudad? No, seguimos en Sevilla, sólo que unos metros más alejados del casco antiguo.
Alguna vez le formulé a alguien (a alguien socialista, para más señas) la pregunta que me parecía obvia: “Bueno, si se quiere homenajear a un poeta, a un pintor, a un imaginero, ¿por qué no utilizar estas calles nuevas, que parecen estar mendigando nombres interesantes?”.
La respuesta del entendido socialista no se me ha podido olvidar:
-Sería denigrarlos (denigrar a los poetas o pintores en cuestión).
En diez años aún no he asimilado esa respuesta, que tardé en entender.
De manera que tiene rango oficial el considerar “barrios alejados” como lugares inferiores, tan inferiores que “sería denigrar a los personajes importantes” el que sus nombres rotularan esas calles abyectas.
Así pues, a los “barrios inferiores” hay que ponerles nombres de urbanización playera creada a toda velocidad. Y para los múltiples homenajes a ciudadanos ilustres (Otto Moeckel, Morales Padrón y tantos más) pues hay que acomodarlos como sea encerraditos en el casco histórico, que no se salgan de ahí, aunque sea repartiéndose unos centímetros escasos, todo antes que salirse del centro-centro que es lo único que vale. Nuestro localismo y tribalismo ya no va por autonomías ni por localidades, sino por calles.
Y después de “Repartidores”, “Estafeta”, etc, nos vemos en la calle o avenida rotulada como “Trabajadores Inmigrantes”.
No hace tanto que se decidió el dedicarle una calle al Cardenal Amigo, al arzobispo de Sevilla durante tantos años. Pues, ¿no podía habérsele dedicado una hermosa avenida, como la que hoy se llama “Trabajadores Inmigrantes”? Hubiera sido un buen homenaje, y sin necesidad de trastornar el callejero (la ya pequeña calle Placentines, ahora un trocito llamada de otra manera. Y por ende, el nombre está mal puesto. Si siguen el protocolo vaticano, hay que decir “Cardenal Amigo”, o “Carlos Cardenal Amigo”. O si se quieren poner seculares, “Carlos Amigo Vallejo” sin más. Pero decir “Cardenal Carlos Amigo”, eso directamente está mal redactado. Pero volvamos al hilo principal).
Pero, según el entendido socialista (que, por horribles que fueran sus palabras, al parecer dio voz a un concepto -espeluznante- en el que todos los municipales están de acuerdo), el Cardenal quedaría “rebajado y humillado” si se le da su nombre a la avenida cercana a las calles “Buzón”, “Estafeta”, “Carteros”… No estaría mal imaginar qué hubiera respondido en vida el arzobispo Amigo si le hubieran preguntado su opinión, “¿Se sentiría su Ilustrísima denigrado si le pusieran su nombre a una calle de tal barrio?”. No lo imaginamos respondiendo que sí.
Se nombra a una calle “Trabajadores Inmigrantes” para homenajear, suponemos, a los trabajadores inmigrantes. Y a la vez les están diciendo a los que allí viven que su zona es vil, es indigna, denigraría el recuerdo de todo poeta o arzobispo o bienhechor de la Humanidad cuyo nombre se les asociara.
Menudo homenaje.





