De esos días que paseas por donde la puerta magna sevillana, aquella que es dosel perpetuo que corona un «Esperanza nuestra», aquella que es entrada al barrio universal de calles como cuentas de un rosario engarzadas, aquella que muchos más quisieran, y te cruza la Resolana el aroma de un puesto que desde la acera opuesta tereclama. Yo, que soy de hacerme a las buenas costumbres, me acerco, y al manjar que en mi Cádiz natal decía churros, aquí le llaman calentitos, y a fe mía que me invadió el sudor del deseo por el cuello de la camisa, y sin mucha duda a cola tan rancia apostada en sus puertas, como la de los hermanos de la Quinta Angustia para recoger su papeleta de sitio, uno se apresta.
Estando en aquella, con unos fieles que algunos bien desearan de tan santa paciencia, me sacaron de mi absorto unos pitos y gritos desde la muralla: un colorido tributo al ayer más actual se apostaba a los pies de ella. Banderas tricolor, rojas con martillo y hoz unas y otras con estrella, la memoria histórica, decían, que clamaba por la sangre yerma. Por la sangre yerma, derramada hará dentro de poco cien años –en apenas dieciocho, no crean que sontantos– que mancha a Queipo de Llano. Y uno que creía que habíamos avanzado y se encuentra, como cito, con el pasado.
Mirando desde la penitencia de la fila donde me hallaba, sin nada más que hacer que aguardar mi turno, ojeando de vez en vez la pantalla del teléfono móvil y escribiendo, como suelo, algunas estrofas sueltas, discurría sobre la escena. Qué triste tener algún familiar bajo tierra cualquiera; qué triste no poderlo enterrar, ponerle flores o visitarlo siquiera. Qué triste la tristeza de la pena.
A los pies del Cristo de Brú dos losas sepulcrales son las de la discordia, una más que otra. Los gritos que proliferan desde las murallas retumban sin oírse entre los muros basilicales. Retumban, sí, retumban. Retumban como de la Centuria sus tambores y cornetas y hace que se erice la piel de los hermanos de la junta de la Macarena. A Dios lo que es de Dios, y al César… Y han optado por lo más diplomático, con sus diplomáticas maneras, y aquél columbario que constaba entre sus propuestas va a ser la solución a tan memorativas protestas. Lo que yo me preguntaba, desafiando al calor que ganaba terreno en la sombra era, si siendo Queipo hermano mayor honorario y con esa premisa está allí enterrado, ¿qué ganaban aquellos que se quejaban con que fuese de allí retirado? ¿Qué les rentaba a ellos que el militar sepultado fuese exhumado? ¿Que se olvide la historia que ellos mismos están resucitando? Sí, ningún asesino –arguyen– en el recuerdo de mausoleos. Ningún asesino merece tener, más que sus víctimas, mayor recuerdo. De acuerdo. Pero algunos se olvidan que, en una contienda, de todos hay muertos. Qué triste aquella guerra sin terminar, qué triste la tristeza del odio no resuelto.
Siempre creí que el sevillano es ante todo eso, ¡sevillano!, y que lo suyo es muy suyo aunque no guste de probarlo; me pareció curioso cómo algunos que reniegan de la Iglesia proteste por lo que haya bajo suelo santificado: «¡La Macarena es de Sevilla, y Sevilla no puede permitir que bajo el enlosado de su basílica esté Queipo de Llano!»; aunque el sevillano al que incido no pise ésta más que de cuando en cuando, y si está obligado.
Me sustrajo del pensamiento una voz; una voz que, ay, quién escuchase en el Maestranza un Domingo de Pasión declamando. Una voz de mujer, con el ademán más castizo, preguntaba si «de rueda o de papa» a un entregado populacho –pregones de Sevilla que algunos parecen dejar de lado–. Calentitos en la Macarena, por Resolana de acerado a acerado; unos, jugosos, tiernos, sabrosos, envueltos en papel de estraza recién despachados; y otros… otros, calentitos y calentados; de mal sabor, amargos.





