
En esta gran nación llamada España, tanto en su diverso territorio peninsular, en sus dos archipiélagos insulares, como también en sus dos centenarias plazas fuertes de “allá por tierra africana”; ha sido ganada una extraordinaria conquista social en los últimos cien años: “la universalización del desayuno”.
Pasados los tiempos del café de achicoria, el racionamiento del pan del trigo de La Argentina y de la leche en polvo de los americanos; se normalizó que en todos los hogares hubiere una colación nutricia al amanecer. El eslogan de aquel régimen (alimenticio) fue: “Ni un hogar sin lumbre, ni un español sin pan”.
In illo tempore, todas las ventas, puestos, bares y tabernas madrugadoras servían café expreso de máquinas italianas y despachaban por arrobas brandy de Jerez y aguardiente del terreno. La distinguida clientela, era casi exclusivamente masculina.
Los planes quinquenales y el desarrollismo de los años sesenta trajeron el pan tostado a los establecimientos públicos de restauración. Se popularizaron los “bares de desayuno”. Fue vivida una auténtica transición en las barras mañaneras, donde convivieron pacíficamente los consumidores de café solo, copa y cigarrillo de tabaco negro; con renovados clientes, tomadores de leche manchada y tostada de margarina.
La concordia fue posible desde un principio, pues los domingos y fiestas de guardar, todos los españoles independientemente de su condición y rango; sucumbían unánimemente al consumo (masivo) de calentitos o churros. La verdadera Transición fue “implementada” por el pueblo en los establecimientos mañaneros de desayuno. Café para todos.
Los años ochenta del siglo pasado trajeron una vistosa novedad a los bares patrios: Las damas. Los locales de hostelería fueron poblándose paulatinamente de presencia femenina hasta alcanzar primero la paridad y llegar después a una mayoría de señoras que realizan su alimentación matutina en establecimientos. Café para todos y todas. Si el voto en España es universal, libre y secreto; el desayuno patrio es universal, obligatorio y público.
En cuanto a la evolución de la carta, ya saben ustedes. Primero se introdujo la sacarina y el café descafeinado. Después se popularizó la leche desnatada. A la par, fue penetrando la moda del pan integral (pan de harina de trigo, con el afrecho que antiguamente picaban las aves de corral). Hoy tenemos a nuestra disposición una variada oferta de panes de varios cereales y semillas diversas como el alpiste.
Los rigores de la dieta moderna trajeron el aguacate, la soja, el tofu y el kéfir. Y en un rincón del alma quedaron el pan blanco de la tahona, la manteca encarnada, la zurrapa de lomo en manteca blanca, la panceta y ese aceite de oliva del pueblo de nuestros abuelos.
A todos los abuelos de ustedes, carísimos lectores, dedico estas líneas. Ellos, tras un espléndido desayuno no tuvieron que auto-dispensarse el agua de una fuente en un vaso de plástico. El agua era servida gentilmente por un camarero. Fría y en vaso de cristal.





