La proliferación de hoteles de lujo, en Sevilla y en todas partes, podía ser a primera vista, un indicador bueno, por lo que anuncia de aumento de la prosperidad, de movimiento de la economía, de lo que a fin de cuentas beneficia, teóricamente, a toda la sociedad.
Para los románticos, hay un elemento de tristeza ante cómo ha evolucionado la idea de viajar. Lejos de ser una aventura, un adentrarse en lo inesperado, es un viaje hacia la bata y las zapatillas. Deprime algo ver cómo incluso personas jóvenes, que no tendrían que preocuparse tanto de la comodidad física, analizan detalladamente las características puramente prosaicas y domésticas de la habitación de un hotel que van a ocupar… comparan las fotografías de cada alimento que lleva el desayuno… leen comentarios sobre el funcionamiento de las cisternas…
En el curso de pocos decenios, se ha producido (en todos los ámbitos, pero se hace especialmente visible en el campo de los viajes) una primitivización de los placeres apabullante. Los viajeros que recorrían Europa visitando sus monumentos (hoy se les llamaría “viajeros culturales”, antes no hacía falta ese apellido, si se visitaban ciudades históricas italianas, pues ¿qué otra cosa iban a ser?) se extasiaban ante lo que veían, y era el objeto de sus comentarios. Hubiera sido inconcebible, al menos entre jóvenes, que alguien destacara “el cuarto de baño de diseño del hotel tal” y cosas similares. O seamos exactos: se podían comentar cosas así, pero como anécdota, jamás la burda idea de comer o de darse una ducha podía ser el objeto de un viaje (para eso se queda uno en su casa. Se supone que vamos en busca de cosas que enriquezcan el alma).
El gigantesco lugar que se le ha ido dando a lo gastronómico se comenta poco, y sin embargo, no hay síntoma más claro del agotamiento de una civilización… cuando ya los placeres intelectuales, lo abstracto no interesa, no hay un depósito de elementos culturales compartidos, sólo cuenta… comer. Y conversaciones que en toda la historia de Occidente hubieran resultado obscenas (explicar lo que se ha comido, enseñar fotografías, ¡fotografías! de la comida) son las que predominan.
Pero últimamente se ha dado un paso más. En algunos hoteles de cinco estrellas, en Sevilla y en otros lugares… se ha introducido la modalidad de “que haya un olor característico”. Un sistema de ambientadores de perfume intenso invade el aire que se respira.
Más allá de gustos y preferencias, el hecho en sí es de los que hacen llorar a los románticos que en ciertos hoteles de Europa ven algo mucho más allá de lo inmediato. Hay una historia detrás, una civilización, una literatura. Y no es algo “clasista”. Cualquier persona puede permitirse un café en el Ritz de Madrid o en el hotel Alfonso XIII de Sevilla o en el Danieli de Venecia (incluso sin consumir nada, todos pueden pasar y echar un vistazo). Ahí se respira algo que es Historia de Europa, no es el selfie, no es el figurar, no es el presumir; es disfrutar de una civilización.
Ahora eso no cuenta. Ya se da por obvio que eso de la civilización ni a nadie le interesará ni lo apreciará ni nada. Vamos a lo primitivo, a lo que igual percibe un cerdo que una gallina: si hay pitanza, si hay charco donde revolcarse, y ya el último extremo de la obscenidad: el olor. Un olor invasivo que no tengan más remedio que respirar.
No se cuenta con que alguien aprecie el encanto de un enclave con historia, con solera; los simios, ¿van a saber algo de comulgar con la historia de la Sevilla barroca…? Pero un olor fuerte, eso sí lo notarán.
Por supuesto, hay muchos argumentos convencionales en contra de llenar todo un hotel de un olor artificial: es obviamente insano (antes de la pandemia y de las mascarillas, se hablaba continuamente de las bondades de respirar a fondo, casi como remedio de todos los males); es de un invasivo que atenta brutalmente contra los alérgicos o los especialmente sensibles (pues, una vez alojados allí, evidentemente no pueden dejar de respirar)… pero el más triste de todos no es un argumento convencional, ni que a casi nadie se le ocurrirá. Es que ya ni para un hotel de cinco estrellas somos personas. Somos animales.





