¡Buenos días, tardes, lo que prefieran… pero buenos! No creo en absoluto en las indulgencias católicas. ¿Quién está en condiciones de arrogarse el poder de borrar de un plumazo nuestros errores, la valiosa y bien pagada moneda de nuestros tropiezos, de nuestras caídas y levantadas? La gran indulgencia plenaria de la vida se gana esta noche viendo pasar la Cabalgata. En ella tenemos la gran oportunidad de nuestra redención. Será cuando desde lo más hondo de nuestro ser nos cojan el alma los brazos de la infancia, nos griten el nombre de los Reyes Magos las mismas voces que nos los iban anunciando en la niñez cada vez que se divisaban sus carrozas: ¡Melchor! ¡Gaspar! ¡Baltasar! Si a lo largo y ancho de lo que conlleva ser adulto, si con la experiencia de las dificultades y retos de la vida, si con los atropellos y puñalás traperas de nuestros semejantes, si con las envidias y zancadillas padecidas de los demás, aún surge de entre la bulla y el gentío una vieja emoción de niño jamás envejecido… Si aún formamos parte de la ilusión por coger caramelos, si esta noche se nos cuajan los ojos de lágrimas mirando a los pequeños habitar en el territorio más feliz del que cumplir años nos fue exiliando, si todo esto nos pasa hoy en la noche más mágica de Sevilla, si alcanzamos a llorar de alegría y agradecimiento a Dios, a recordar con inmenso cariño a quienes nos traían (cuando aún no levantábamos un palmo desde el suelo) hasta la orilla de este milagro que es la Cabalgata, entonces, a pesar de todo, estamos salvados.





