¡Buenos días! Mi fiel amigo a través de tantos años, el periodista y editor Miguel Gallardo, está haciendo justicia al pregonero que nunca lo fue: el Padre Cué. «¿Que el Padre Cué no fue pregonero? Yo creía que sí». Pues no, mire usted; nunca fue pregonero de la Semana Santa el Padre Cué, sobre la que dejó un libro convertido en el más vendido de todos los del género, un auténtico best-seller cofrade, «Como llora Sevilla». «¿Y eso cómo pudo ser?». Eso pudo ser porque los hubo que sin ser elegidos pregoneros parece que lo fueron, mientras que tantísimos que lo iban siendo pegaron el petardazo, dieron el tostón, y ya nadie se acuerda de ellos, ni tan siquiera de una mínima frase de plomo de las que pronunciaron. Hay pregoneros que no lo fueron, pero lo parecen y, sin embargo, lo fueron tantas veces (la mayoría) aquellos a quienes jamás se tuvo por tales. Puede hablarse con toda tranquilidad de una lista honrosa y de prestigio de grandes pregoneros que no supo ni quiso elegir el Consejo General de Mezquindades y Cobardías de Sevilla. Que cuenten mis queridos Carlos Herrera y Navarro Antolín lo que intentaron, sin conseguirlo, que el gran Pascual González diera el pregón. Y la de años de insistencia para que por fin lo diera Antonio Burgos. Bajo la piel de las palabras nuevas de esta mañana de Domingo de Pasión, se seguirán oyendo eternos silencios que dan vergüenza entre enchufes y escaladores de protagonismos inmerecidos, lampando por hacerse con un chaqué que les viene muy grande, con la talla ajena que se ajustaba al cuerpo y al espíritu de los mejores. Feliz domingo del Pregón.





