¡Buenos días! Lo último que pretendo cuando escribo es influir en quienes me leen. Lo hago porque lo siento. Y punto. También porque aunque no tuviera un sólo lector que se detuviera con mis palabras, mi mujer me pide que lo haga, le encanta escucharme en vivo y en directo con mis pensamientos y opiniones, con mis recuerdos, con mi equipaje de vida en absoluto normal y corriente, de afortunado que ha compartido amistad y conversaciones con gente maravillosa, fuera de lo común. Sin embargo, procuro contarme y explicarme con prudencia, con suma cautela por más que me desborde la sinceridad. Lo que a mí me sirve no ha de servir forzosamente a los demás. Nos dieron una educación homologada, de obligarnos a pasar a todo el mundo por el mismo aro… las religiones se han empeñado mucho en esa equivocación. Pero cada cual es una personalidad diferente que justo por diferentes caminos llega a un sitio o a otro y ha de conquistar sus propias ideas. Yo lo comparo con las comidas y los estómagos. Lo que a mí me sienta bien puede sentarle a otro como un tiro. Mi plato perfecto y natural puede convertirse en la indigestión de muchos. Tolero muy bien el picante, sin perder de vista a quienes les beneficia la suavidad. ¡Feliz miércoles!





