¡Buenos días! Como uno lleva ya una vida a cuestas, o mejor, una vida en volandas, porque de Dios siempre he recibido alas a pesar de quienes desearon cortármelas, hoy me llega de nuevo ese tiempo lejano de la infancia que, al final, siempre queda ahí al lado de mis cosas de ahora, en el corazón incansable de las mayores emociones. Desde la capilla de los Maristas en la calle Jesús del Gran Poder oigo las voces blancas de los párvulos. Cantan recordando un milagro: «El trece de mayo la Virgen María bajó de los cielos a Cova da Iría…». Es la historia de Fátima y sus tres pastorcitos, la que poco después veré gracias a mi abuelo Rafael en una película que se proyectará en el Servicio Doméstico de la calle Jesús. Vuelve esta mañana el olor a cera y flores del colegio, vuelve el hermano Domingo, y mis primos Emilio y Guillermo, y el patio de las columnas donde Akrón el fotógrafo nos va a colocar escalonados para hacer los retratos de los cursos. La niñez ha regresado otra vez en un himno mariano inolvidable e incesante cada 13 de mayo: «Ave, Ave, Ave María…». Es un himno que me empaña los ojos. Y que me redime de todo lo que, después de aquellos días, fue costando hacerse un hombre y seguir creyendo en los milagros. ¡Felicidades a las Fátima!
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