Buenos días. Esta vez no se ha llegado a tiempo. Esta vez la humilde limpiadora de la calle Escoberos no pudo hacerse con la Virgen, esconderla en su casa, acostarla en su cama y echarse a dormir junto a la Macarena sobre el suelo más blando y dulce que ha habido en el mundo. Esta vez no ha podido protegerla ni quitarla de en medio, llevándola hasta el paradero desconocido donde no pudiera encontrarla la barbarie. ¡Vaya por Dios! Esta vez no hubo un furgón en la madrugada con el que, después de tomar un callejeo peligroso de vueltas para despistar a los perseguidores de lo sagrado, consiguieran subirla a una casa de Orfila y guardarla en el cajón como un sarcófago de madera de la Historia. Esta vez… esta vez, como me dice angustiada una de sus más fervientes devotas, pareciera que le han disparado desde dentro y abatida por los suyos. El hermano mayor dice que no dimite y que se queda hasta noviembre. No es cierto. Cabrero no se irá en noviembre, Cabrero no se irá nunca: se queda para siempre en una de las páginas más negras de los sucesos de Sevilla, un espanto que se contará con su nombre por los siglos de los siglos. Con su nombre y los de todos y cada uno de sus cómplices en un atentado sin piedad contra la cara y, especialmente, los ojos de la Macarena. ¿Cuánta energía e impiedad se necesitan para tener enfrente esos ojos y atreverte a acorralarla? Entre tantos desgarros leídos desde la terrible mañana del sábado, escojo uno que nos representa a miles, a millones de personas en todo el mundo: «Creo en tu mirada. Estoy hecho de mirarte constantemente». A todos les seguiremos desde ahora la pista de sus nuevas ambiciones, vanidades y figureos, cualquier asomo allá donde quieran disfrazarse de responsables. ¿Perdonarles? Claro. Somos cristianos. Para saber eso no hace falta un arzobispo. Pero procuraremos impedirles toda reclamación de futuras confianzas. Y serán inolvidables, uno por uno, eternamente identificados.





