¡Buenos días! Los pronósticos del tiempo no parecen favorables a la Semana Santa. Es posible que nos pasemos sus días de una zozobra a otra, de un temor al siguiente y en un puro clima de incertidumbre. Esto, salvo excepciones, ha pasado toda la vida. No hay nada nuevo bajo el sol, pero tampoco bajo la lluvia. Puede que las nubes nos secuestren hoy mismo el cielo azul clásico del Domingo de Ramos, el único que cabría esperar. Y puede también que sean esas nubes las que se interpongan entre nuestros sueños y una cruda realidad de ilusiones deshechas. Me viene a la memoria que siempre se dijera de la mili lo necesaria que resultaba para hacerse un hombre. Madre mía, ¡de haber sido eso verdad y que con veintidós años ya hubiera logrado una conquista que dura toda la vida! Pero con sólo catorce ya aprendí la primera dura lección de ser un hombre, la primera conciencia de que la vida se encargaría muchas veces de recortar nuestros propósitos de humanos: fue aquel Domingo de Ramos de 1971, en el que iba a estrenarme como nazareno de La Amargura, y el agua acabó con todo. Desde entonces espero la llegada de esta mañana como si fuera la de los Reyes Magos, como si fuera una segunda epifanía a lo sevillano, esperando, despierto muy temprano, que no falte nada: ¿Habrán dejado la luz que pedí, el sol tal y como lo puse en mi carta? ¿Me habrán traído el repique de la Giralda con el fondo completamente azul del cielo para la procesión de las palmas? ¿Tendré llenos los zapatos de azahares dulces? ¡Feliz Domingo de Ramos!





