¡Buenos días, casi tardes! Como este es un deseo siempre verídico (como aseguraba Gandía de sus chistes), hoy me pilla con despertar de levantá de esas que cuestan más que las del paso de los caballos. La Feria y sus madrugadas, amigos. No hay otra explicación. Esa Feria que a medida que avanza por sus horas y sus días, se atiene a sus leyes no escritas, pero sabidas, del «que no decaiga». Son las normas de tácito acuerdo que los sevillanos conocemos sin necesidad de que se hayan promulgado jamás. Es la fuerza de la costumbre. Una de esas leyes de la Feria es recurrir a las sevillanas salvamento, las sevillanas a las que se recurre para que el ambiente no se venga abajo. Algo dije de ellas hace unos días, que las cantamos porque se las sabe todo el mundo y nos auxilian del silencio, justo cuando parece que el repertorio se ha terminado. Muchos tendrán las suyas. Y yo pregunto que ¿quién no ha superado el pequeño bache de un gran momento ferial entonando «Me casé con un enano», «La carreta de mi prima», «Lloran los pinos del coto», «Chaparrones de mayo», «Y se amaron dos caballos», «Solano de las marismas», «El tío del tambor», «Algo se muere en el alma»? … Hay más, hay más… ¡Feliz lunes de Feria!





