¡Buenos días! ¿Cómo están ustedes? Entre las canciones de amor y las de desamor (de las que hablaba ayer), hay un espacio infinito en el que han cabido las demás, las que se originaron desde toda clase de sentimientos humanos. Esto no es descubrir nada nuevo, esto lo percibe cualquiera. Ya desde nuestra niñez todos hemos aprendido canciones infantiles. Recuerdo en mi caso la que me enseñaron los Maristas para anunciarme la hora del recreo, «la alegre campanita con su argentina voz, nos llama ya, amiguitos, a la recreación». En el mes de mayo, el mes de María, entonaba mi colegio el «Venid y vamos todos». Y desde sus aulas me enseñaron «Mambrú se fue a la guerra» o «Quisiera ser tan alta como la luna». Unos años más tarde, Los Chiripitifláuticos me surtieron un buen repertorio, en el que no faltó cantarle a Osobuco y a los hermanos Malasombra. Y no digamos cómo fue la banda sonora de las meriendas de aquella nueva generación que quiso tanto a Fofó y a los Payasos de la Tele: «Había una vez un circo», «Hola, don Pepito», «La gallina tutuleca», «El auto de papá», «Susanita tiene un ratón», «Los días de la semana», «Mi barba tiene tres pelos», «El auto de papá»… Seguiré otro día por donde pasaba la barca y el barquero dijo aquello de que las niñas bonitas no pagan dinero, y por donde mis hermanas y mis primas tenían una muñeca vestida azul. ¡Feliz martes!





