¡Buenos días! Los 60 tienen 80. Los fueron cumpliendo el Dúo Dinámico, Raphael, Serrat, Julio Iglesias… Y hoy Mike Kennedy. Para él también ha ido pasando la vida, y con la suya la mía, siempre indisoluble a la de mi admirado cantante desde la primera vez que escuché (siendo un niño) un disco de Los Bravos. Mike me marcó el kilómetro cero de mis vocaciones y mis aficiones con la música pop. Fue la Puerta del Sol desde la que partí hacia muchos caminos. Su voz inconfundible del «Black is black» empezó a guardar mis sueños, mis amores, mis fantasías, la íntima posibilidad de mis refugios adolescentes, la fuga de un mundo que ni era entonces el mío ni jamás lo iba a ser andando el tiempo. La normalidad siempre me dio espanto y asfixia. Llegamos a ser amigos. Me lo presentó en el Hotel Colón, de Sevilla, su mánager don Emilio Santamaría, el padre de Massiel, aquel caballero que tanto me comprendió en el empeño de ver a mi ídolo en persona. Era cuando Mike vivía en la madrileña calle de Agustín de Foxá y solíamos hablar por teléfono. Después de todo aquello, he sido muchas cosas, como esos presidentes norteamericanos que han vendido hasta periódicos. Pero siempre y en todo momento jamás me separé de la voz sin arrugas, flexible y enérgica, como si tomara zumosol, del gran Mike Kennedy. Begoña sabrá hacerle llegar hoy mi felicitación y mi agradecimiento por tanta felicidad. Le debo en gran parte la fórmula de mi larga juventud. No viene de un pacto con el diablo, como muchos me dicen; es que no he olvidado y revivo con sus canciones el lugar de origen del que salí un buen día cargado de pasiones.





