¡Buenos días! Nos unen treinta y nueve años de diferencia. Resultan extraños para los demás, pero absolutamente comprensibles y comprendidos para nosotros, como si hubiera sido una de esas cosas que acaban cayendo por su peso. Tuvo que pasar. Estaba escrito. Fue cuestión de tiempo. Entre ella y yo sólo distaba un milagro que aconteció. Desde las capacidades de Dios que llamamos omnipotencia, lo mismo estamos todos (también nosotros) concebidos y esperados desde el Génesis. Un misterio más con el que convivir si es que la fe quiere ser fe y no certeza.
Dice la gente que el amor no tiene edad. ¡Claro que la tiene! Y eso es lo grandioso: que la tiene, pero la supera. Ahora que vamos acercándonos a una década, y como esa misma gente sabe tanto de la vida de los demás sin mirar los desaciertos de la suya propia, también nos irán advirtiendo que con el tiempo las cosas cambian, que no se siente ya lo mismo, que la pasión del principio se va apaciguando con los años, que en el amor se vuelve todo mucho más tranquilo. ¡La de amarguras y fracasos escondidos que quieren que sean también los nuestros! Anda, anda… Feliz miércoles.





