¡Buenos días! Tenerife es para mí sinónimo de familia desde que en los años 60, de la que fue llamada la década prodigiosa, mis tíos Juan y Pedro se establecieron profesionalmente allí buscando el bienestar y el mejor futuro de los suyos. Fueron aquellos años en los que se promocionó a Tenerife cantándose que tenía «seguro de sol». Ese poderoso atractivo -entre otros muchos- está causando estragos. Ayer vi en los informativos que la ciudad se manifiesta no contra los turistas, sino con la falta de una regulación urgente para acoger a un turismo que la ha desbordado. Me pareció entender que el territorio, entre inmigrantes y turistas, se va haciendo incapaz de contener a una cantidad tal de población que está agotando los límites de su suelo y las posibilidades normales de habitarlo y hasta transitarlo. Me suena, con la salvedad de su naturaleza particular de isla, a lo que viene sucediendo en Sevilla con su casco histórico. Personalmente y como sevillano, yo no podría quejarme del turismo, porque eso sería como tirar piedras a mi propio tejado cada vez que me toca viajar. Pero en cualquier caso, como en Tenerife, en Sevilla o donde se tercie la invasión turística, el legislador debería haber aterrizado ya antes que los aviones.





