¡Buenos días! Hoy es el final de una Feria que acaba en sábado, pero de la que aún ignoramos si volverá a empezar siendo lunes. Queda sujeta a votación que se celebrará muy pronto, ya mismo. Mientras tanto, lo único cierto me lo encuentro colgado de uno de los balcones de Los Remedios, llenos de títulos y versos al aire de nuestras sevillanas, las que te van acompañando por el camino hacia el Real cuando cruzas la larga e ilusionante calle Asunción que te hace divisar el deseado horizonte de la portada. Lo único que no tiene debate ni vuelta de hoja, lo único que no podemos decidir es que «pasa la vida, igual que pasa la corriente del río cuando busca el mar…». Lo cantaba Romero San Juan como si Manrique hubiera llevado sus coplas paternas por sevillanas. Es el deseo eterno de los humanos, detener el tiempo de los grandes gozos como en el bolero del «reloj no marques las horas» de Los Panchos. Escuché lamentarse a un multimillonario de no tener entre sus múltiples alcances el de comprar tiempo, lo que más le gustaría comprar, lo que llegado a un momento sólo compraría. En esta mañana de la Feria que se va haciendo pequeña, como el barco del adiós alejándose, entre recuerdos maravillosos de abrazos, brindis y reencuentros de familiares y amigos; en esta mañana en la que el Real parece deshacerse entre brumas como aquellas de los pinos del coto despidiendo a las carretas, sólo puedo dar gracias a Dios por haberme contado un año más entre los privilegiados que hemos vuelto a vivir esta infinita y gran emoción llamada Sevilla.





