¡Buenos días! Hay una feria extramuros del Real que te queda a lo largo de la acera de enfrente de sus lindes. Es la feria de los puestos que se asientan estos días ante los bloques de Los Remedios, por los Padres Blancos. La misma feria que en mi niñez y en tiempos del Prado distribuía por sus afueras kioskos y breves expositores bajo los soportales de los edificios que, frente al puente de la Enramadilla, conducían nuestros pasos de niños con tatas camino de la calle del Infierno y en busca de los circos. Fue cuando las altas torres de la Plaza de España vigilaban la Feria. Y también cuando el Casino de la Exposición y sus alrededores acogían a la paralela Feria de Muestras Iberoamericana, la que nos regalaba cocacolas y botes de colacao. Allí, en nuestra memoria indeleble del Prado, o ahora aquí, desde hace más de cincuenta años en Los Remedios, siempre estuvo la feria en minúscula y entrañable de los puestos de turrón, del piñonate y del coco. Es la feria de vuelta, la de cuando llega la hora de irse con los pies molidos de baile y taconeo, y al mirar la de gente que aguarda para subirse a un taxi o al autobús te hace creer que te espera la subida al Himalaya. Esos puestos, que me inspiran una infinita ternura a lo largo de mis años, siempre me han hecho cavilar sobre uno de los mayores misterios de la Feria de Sevilla: ¿Quién compra turrón en abril? ¡Feliz miércoles!
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