
Fotografía de Beatriz Galiano
¡Buenos días! Para empezar, felicidades a las Encarna en el Día de la Encarnación. La Iglesia puede decir misa (que la dice), pero para mí, hoy 25 de marzo, es el día de la Encarnación. Y por lo demás, después de un Domingo de Ramos como el de ayer, sólo puedo advertir que la vida es un lujo con el que jamás debiéramos permitirnos el vacío, ni siquiera cuando ese vacío busca ponerse entre nuestras desolaciones y tantas otras posibilidades nuevas, ese vacío como un paredón opaco y negro que persigue impedir que descubramos cuánto hay para todos nosotros más allá de la tristeza. La hubo, y mucha, en los templos del que miles de nazarenos regresaban a sus casas, una hija mía entre ellos, que derramó sus primeras lágrimas ante una experiencia por la que antes no había pasado. Intenté consolarla, cruzando el puente de Triana, contándole mi primera decepción cuando sólo tenía catorce años y no salió La Amargura. Ahora sé de sobra con sesenta y seis que vinieron más semanas santas de soles y de lluvias, de todo. Y le ofrecí algo siempre conveniente para humanos: lo que ahora llaman un plan B, de urgencia, inmediato, para la misma noche en la que Sevilla y Triana acababan de quedarse sin la luz radiante de la Estrella.
Para esta tarde tengo la misma cita invariable de cada Lunes Santo. Me espera mi abuelo en San Vicente para cogerme de la mano y renovarme en el alma una vieja cadencia y compás lento de Dios caído por tierra, que te va contando hasta en el dolor quebrado de sus rodillas la marcha «Jesús de las Penas». ¡Silencio! ¡Un respeto! Dios está por los suelos.





