¡Buenos días! Acaba de llegar a Sevilla con su familia mi buen amigo Antonio Carroquino. Antonio es un arquitecto asturiano, de Gijón, al que enseñé su primera Semana Santa por los años en los que estudió aquí su carrera. Eso de enseñar la Semana Santa a los que vienen de fuera, siempre se me ha dado bastante bien, lo digo sin falsas modestias. Tengo mis estrategias, sobre todo si me conceden un mínimo tiempo de antelación y preparación. Con Antonio lo tuve, porque de por sí ya estaba en Sevilla antes de que llegara el Domingo de Ramos. Hice con él lo que otras veces: que antes que hablarle de la Semana Santa le hablé de los sevillanos. Hay que entender antes a los sevillanos que a su Semana Santa, si no te pierdes, te desconciertas. Venir desde lugares de sobriedad y contención hasta esta ciudad de expresiones y emociones desbordadas, puede confundir y desconcertar. Pero Antonio estaba advertido. Y le di una clave que revelé públicamente por primera vez en 1982, durante un acto que presenté en el Ateneo. Una clave en la que después me han seguido muchos, incluso mi admirado amigo Carlos Herrera, aunque -lo digo en broma- yo no haya cobrado por eso, jamás, un sólo derecho de autor: y es que los sevillanos sabemos sobre la Semana Santa el final de la película, cómo acaba la historia. La de Antonio Carroquino acabó siendo junto a los suyos hermano del Amor y del Silencio. Y ayer, a no más tardar para saborear las más inminentes vísperas, volvieron como desde entonces a Sevilla. Feliz sábado para todos.





