¡Buenos días! Puede que la primavera comience en Sevilla con un beso a los pies de Dios. No tenía ni dos años cuando mi hija Marta fue ingresada de urgencia en el Hospital Infantil por una gravísima neumonía. Un mes duró su estancia allí. Un mes para ganar la guerra a una enfermedad que, con dos operaciones de pulmón, pudo haber terminado en el temprano y atroz arrebato de su infancia. Era 2002 y, entre mascarillas de oxígeno que impulsaban su débil respiración, estaba a punto de llegar la Semana Santa el 24 de marzo. Sin yo saberlo entonces y por su cuenta, alguien llevó hasta el mismísimo camino oscuro y empedrado del Señor de Sevilla una pequeña fotografía de Marta. Y es que por aquellos días me enteré de que los devotos acostumbran a depositar papeles, fotos o mensajes entre la peana del Gran Poder y el basamento de mármol que lo eleva en su altar, dejando allí confiadas sus rogativas y esperanzas más secretas, en un acto de intimidad y privacidad entre ellos y «ese médico de la bata morada que recibe en su consulta de la Plaza de San Lorenzo». Sin embargo, todo queda al descubierto cuando, cada año, en vísperas del Domingo de Ramos, el Señor es trasladado al presbiterio para que reciba en sus manos los besos de todos:
¡QUÉ COSAS DEJA LA GENTE EN TU PEANA
DISIMULADAS DEBAJO DE TUS PLANTAS
LO MÁS POSIBLE QUE PUEDAN SER GUARDADAS
SIN QUE LLEGUEN A VERLAS LOS QUE PASAN!
¡QUÉ COSAS PIDEN, SEÑOR, PARA SUS VIDAS
EN LOS PAPELES QUE ESCRIBEN COMO CARTAS
QUE SON DE AMOR, Y EN LAS FOTOGRAFÍAS
CON EL REVERSO PONIENDO QUÉ TE ENCARGAN!
Y CUANDO BAJAS, SEÑOR, AL BESAMANO,
SE QUEDA AL AIRE LO QUE TÚ SABÍAS,
LOS DEMÁS NOS QUEDAMOS ASOMBRADOS
DE LAS HISTORIAS CONTIGO ESCONDIDAS
Y SÓLO ATINAN A DECIR LOS LABIOS:
¡CUÁNTO TE QUIERE, GRAN PODER, SEVILLA!





