¡Buenos días! Ayer dejé incompletos y a propósito mis recuerdos sobre el 19 de marzo, San José. Quise enviar mis deseos de felicidad para los pepes y pepas con el ramillete de luces que brindaba una mañana cálida en el final de este invierno, el que iba cediendo sus calores a una primavera impaciente, esa que va a empezar mañana con la Semana Santa a la vuelta de la esquina. Pero ayer me guardé el día de mi Santo que me conoció llorando, a media tarde fue, mientras lo celebraba junto a mi padre con la casa llena de familiares y amigos. Mi hermano me apartó un momento de la numerosa reunión y, con voz baja que impedía ser escuchada por los demás, me dio una noticia tristísima: «Se ha muerto Juanita Reina». Me fui casi huyendo del salón, escondí como pude la impresión y la expresión de mi cara apenada, y me encerré un rato en mi habitación hasta recomponerme para volver a una fiesta en la que mi educación fue puesta a prueba de bombas. De aquella tarde, de aquel San José, se cumplieron ayer 25 años. Yo no puedo retarme ahora en estas líneas, de naturaleza breve, al imposible de contar cuánto significó en mi vida Juanita Reina, mi gran amiga Juanita Reina, mi gran ayuda Juanita Reina (y escribiendo su nombre también escribo el de su marido, Caracolillo, y el del hijo de ambos, Federico). A las once de la noche llegaba yo a la Clínica del Sagrado Corazón para darme un fuerte abrazo con ellos. La vi por última vez en aquellos momentos, durmiendo en la paz que merecía una mujer tan buena como ella. Acababa de entrar en la Gloria Macarena de Dios. También en la historia más grande de la Copla. Y, por supuesto, en la afortunada y pequeña historia de mi vida. Que tengáis un feliz miércoles .





